Pese a ser uno de los mejores tenistas de la historia, el serbio Novak Djokovic (1º) tiene pocas pulgas y lo deja explícito cada vez que su rendimiento no coincide con su aspiraciones. Por segunda edición consecutiva en el US Open, estalló de bronca: en 2020 había impactado a una jueza de línea con un pelotazo y en 2021 destruyó su raqueta.
En la temporada pasada, cuando enfrentaba al español Pablo Carreño Busta por los octavos de final, el líder del ranking mundial, quien caía 6-5 en el primer set, devolvió la bola con suma imprudencia tras sufrir el quiebre de su saque y golpeó en la garganta a una de las árbitras, hecho que le significó la descalificación del torneo.
En la presente final frente al ruso Daniil Medvedev, el 85 veces campeón a nivel ATP, superado por el número dos del planeta, desperdició algunas oportunidades de quiebre en la segunda manga y se desquitó ferozmente con su raqueta.
Su calidad y vigencia está fuera de tela de juicio, aunque probablemente estos repetidos hechos le resten puntos en la consideración e idolatría de los fanáticos.
