Joe Mahoney/Getty ImagesLa contratación de J.D. Martínez les da a los Medias Rojas el bate poderoso que necesitaban en el medio de su alineación, que fue la de menos jonrones (168) en el 2017 en la Liga Americana. Y podría desencadenar otros movimientos en la plantilla.
Demoró demasiado, pero finalmente, los Medias Rojas de Boston consiguieron dar la respuesta ideal a la llegada de Giancarlo Stanton a sus archirrivales Yankees de Nueva York.

Luego de largas negociaciones, a que a ratos se calentaban y a ratos se enfriaban, los Medias Rojas anunciaron este lunes la firma del toletero cubanoamericano J.D. Martínez por cinco temporadas y 110 millones de dólares.

Martínez, de 30 años, viene de la mejor campaña de su carrera, en la que disparó 45 cuadrangulares y remolcó 104 carreras en 119 juegos con los Tigres de Detroit y los Diamondbacks de Arizona.

Su contratación le da a Boston el bate poderoso que necesitaba en el medio de su alineación, que fue la de menos jonrones (168) en el 2017 en la Liga Americana.

El cubanoamericano nacido en Miami fue el tercer máximo bombardero del año pasado en las Mayores, sólo superado por Stanton (59), entonces con los Marlins de Miami, y Aaron Judge, de los Yankees (52).

Aunque no se han revelado todos los detalles, el contrato concentraría la mayor cantidad del dinero en los dos primeros años, tras los cuales JD podría optar por salirse e ir nuevamente a la agencia libre.

Su llegada a la 'Nación Medias Rojas' le daría a la gerencia también la posibilidad de reforzar otras áreas de la plantilla, pues es muy probable que Jackie Bradley Jr. sea puesto como pieza de cambio en el mercado.

Bradley ha estado todo el invierno en medio de rumores de cambio y ha despertado interés en varios equipos.

Boston movería a Andrew Benintendi a la pradera central, mantendría a Mookie Betts en el derecho y le daría al recién llegado la tarea de custodiar el bosque izquierdo.

Este sería el orden al bate que presentarían los Medias Rojas el Día Inaugural ante los Rays de Tampa Bay: Betts (RF), Benintendi (CF), Xander Bogaerts (SS), Martínez (LF), Hanley Ramírez (BD), Mitch Moreland (1B), Rafael Devers (3B), Christian Vázquez (R) y Eduardo Núñez (2B).

Si la gerencia decide quedarse con Bradley, entonces el debutante manager Alex Cora podría usar a Martínez como bateador designado y alternar a Hanley y a Moreland en la inicial, en dependencia del pitcher abridor del equipo contrario.

Y como "a río revuelto, ganancia de pescadores", quién sabe si el más beneficiado termina siendo el cubano Rusney Castillo.

Tuvo una gran campaña en las Menores en el 2017 y no fue llamado al equipo grande en septiembre, cuando se expandieron los rosters.

Después disfrutó de un gran invierno en Puerto Rico y se coronó campeón de la Serie del Caribe con los Criollos de Caguas.

Tiene sobre sus hombros el peso de un contrato de 72.5 millones de dólares, que hasta el momento no ha logrado justificar.

Pero si Boston se deshace de Bradley, el cubano Castillo es el hombre ideal para ocupar la cuarta plaza de jardinero de los Medias Rojas.

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Reloj de pitcheo liga menor
Mike Janes/Four Seam Images/AP ImagesReloj de pitcheo se implementó en liga menor, pero no será utilizado a nivel de Grandes Ligas.
Las Grandes Ligas acaban de anunciar nuevas reglas que se aplicarán en el 2018 para acelerar el ritmo de los juegos.

La primera de ellas debe tener un impacto significativo en el tiempo de los partidos, al limitar a seis por juego el número de visitas al montículo de coaches o managers.

Ojo: Estas visitas se refieren a conferencias en las que no va implícito un cambio de lanzadores e incluyen también los viajes de los receptores para ponerse de acuerdo con sus pitchers cuando ha habido algún cruce de señas.

Diez de diez para esta regla. Sobre todo en lo referente a las visitas interminables de los catchers a la lomita, a veces más de una por turno de un bateador.

Si el juego se va a extrainnings, cada equipo tendrá la posibilidad de una nueva visita a la loma.

Queda a criterio de los árbitros permitir un viaje del cátcher al box en caso de cruce de señas, si ya el equipo ha agotado sus seis visitas reglamentarias.

También se reduce el tiempo entre entradas, que usualmente superaba los tres minutos en cualquier circunstancia.

Ahora, en los juegos televisados localmente, el tiempo entre episodios será de dos minutos y cinco segundos.

En los que sean transmitidos nacionalmente se extenderá a 2:25 minutos, mientras que en la postemporada será de 2:55.

La diferencia entre juegos televisados local o nacionalmente, o en playoffs y Serie Mundial, tiene su lógica en los anuncios comerciales que se pasan entre innings, pero también con esta medida debe ahorrarse una cantidad de tiempo considerable.

Se buscará además agilizar las apelaciones de jugadas apretadas, facilitándole a los equipos el acceso inmediato a los videos en cámara lenta, aunque no queda claro si ello en realidad acelerará el proceso o si, por el contrario, lo hará más lento.

También se mantendrá la regla puesta en vigor en el 2017 sobre la permanencia de los bateadores en el cajón, para impedir que estos salgan de su posición ante cada pitcheo y consuman valiosos segundos innecesariamente.

Habrá que evaluar al final de la campaña si dieron o no el resultado para el cual fueron concebidas.

Hay otras opciones que pudieran tomarse en cuenta en el futuro.

Por ejemplo: si un pitcher está calentando en el bullpen, ¿por qué tiene que seguir haciendo envíos de preparación cuando llega al montículo, si se supone que ya llega listo? ¿No puede llegar y enfrentar directamente al próximo bateador?

Obviamente, toda circunstancia tiene excepciones, pues en caso de que el lanzador actuante se lesione repentinamente, hay que darle tiempo de calentar a su sustituto, pero esta es la menos frecuente de las situaciones.

En sentido general, las nuevas reglas recién anunciadas parecen positivas, porque, sobre todo, no afectarán la esencia del juego.

Será el mismo béisbol, pero más acelerado, sin necesidad de imponer criterios de softbol cervecero que a muchos disgusta.
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J.D Martínez el más codiciado de la agencia libre
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Luego de que se anunciara la firma del agente libre Eric Hosmer con los Padres de San Diego por ocho temporadas y 144 millones de dólares, muchos creen que J.D. Martínez conseguirá un pacto aún mayor.

Error. No necesariamente.

Si nos guiamos por los números de la pasada temporada, Martínez valdría el doble de Hosmer.

En apenas 119 partidos en el 2017 (57 con los Tigres de Detroit y 62 con los Diamondbacks de Arizona), el jardinero cubanoamericano despachó 45 cuadrangulares y remolcó 104 carreras, con una línea ofensiva de .303-.376-.690.

Su cifra de jonrones fue la tercera más alta en todo el béisbol, sólo detrás de Giancarlo Stanton (59) y Aaron Judge (52) y es muy probable que de haber jugado más de 150 partidos, habría superado los 60 bambinazos.

Pero hasta ahí. Por muchas razones, Hosmer vale más que J.D.

En primer lugar, el ahora primera base de los Padres es dos años más joven, así que el tiempo corre a su favor.

Hosmer llegó a la agencia libre con 28 años, mientras que Martínez ya tiene 30 y cumplirá 31 a mitad de la campaña.

Sus estadísticas han ido en ascenso en los últimas tres temporadas y su proyección es a la alza, pues podría no haber llegado todavía a su pico.

En segundo lugar, a su buena ofensiva, el inicialista suma una defensa hermética, con un promedio de fildeo de .995, que lo ha llevado a ganar cuatro Guantes de Oro en las siete temporadas que lleva en las Mayores.

Martínez es un bateador mucho más robusto, el clásico slugger, pero su defensa deja bastante que desear. Un promedio de fildeo de .983 es pobre para un jardinero.

Y más importante que todo lo anterior, está el tema de la durabilidad.

Ambos jugadores debutaron en el 2011 y mientras Hosmer ha sobrepasado los 150 partidos en cinco de sus siete campañas, J.D. lo ha conseguido solamente una vez.

El primera base participó en los 162 juegos del 2017 y el año en que menos estuvo (128) fue en el 2011, cuando era un novato que buscaba establecerse como titular con los Reales de Kansas City.

El guardabosques, por su parte, tiene un largo historial de lesiones y solamente en el 2015 (158) estuvo saludable todo el año.

Basta comparar que en siete temporadas cada uno, Hosmer ha jugado en 1,048 encuentros, por 772 Martínez.

Cometen un grave error los equipos cuando conceden grandes contratos a los jugadores pensando solamente en lo que han hecho en el pasado.

Cuando hacen esto, por lo general terminan lamentándose por lo que pudo ser y no fue.

Los pactos deben basarse sobre todo en las proyecciones a futuro, independientemente de que siempre existe un grado de riesgo que los equipos deben tomar.

Entonces, teniendo en cuenta todos esos factores, el contrato que terminará firmando J.D. Martínez no debería ser superior al de Hosmer.

De hecho, el primera base había recibido ofertas mayores que las que hasta el momento le han hecho al jardinero, quien, por consejos de su agente Scott Boras ha dejado pasar varios envíos por el medio del plato sin hacerle swing.

A mi modo de ver, mientras más pasa el tiempo y se acerca el inicio de la temporada, la espera tiende a volverse peligrosa y a devaluar el precio del jugador.

Recordemos el caso del cubano Kendrys Morales, también cliente de Boras, que rechazó en el 2013 la oferta calificada de los Marineros de Seattle y terminó firmando por la mitad del dinero con los Minnesota Twins, cuando la temporada ya andaba por la mitad.
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Eric Hosmer no tendrá ya que ir al Campo 31, ese que el sindicato de peloteros abrirá esta semana para los casi 200 agentes libres que continúan sin empleo.

Hosmer deberá reportarse al Complejo Deportivo de Peoria, en Arizona, que los Padres de San Diego comparten con los Marineros de Seattle para sus entrenamientos primaverales.

Uno de los más cotizados agentes libres, acaba de firmar un acuerdo por ocho campañas y 144 millones de dólares con los Padres, con opción de salirse del pacto después del quinto año, una cláusula cada vez más frecuente en el béisbol.

El contrato con San Diego es, en cuanto a dinero, inferior a la oferta que le hicieron los Reales de Kansas City de 147 millones por siete temporadas, para que siguiera en el único equipo en que ha jugado hasta ahora.

Sin embargo, los Padres le aseguran un año más de empleo, más la opción de salida, muy beneficiosa para un jugador que ha llegado joven a la agencia libre (28) y que tendría 33 cuando llegue el momento de decidir si continúa con el equipo por las últimas tres temporadas del acuerdo o si sale nuevamente al mercado en busca de un nuevo pacto. Eso dependerá de su rendimiento y salud.

Inmediatamente, Hosmer no sólo será la primera base titular del equipo y envía de vuelta a los jardines a Wil Myers, sino que le arrebata a este la condición simbólica de "pelotero-franquicia" en un equipo que da los pasos finales a su reconstrucción, con una de las granjas más sólidas y abundantes en ligas menores y que en el invierno ya adquirió a otros jugadores como el agente libre Chase Headley y el campocorto venezolano Freddy Galvis, vía intercambio con los Philadelphia Phillies.

Eso es, grosso modo, el impacto de Hosmer dentro de su nuevo equipo, al que además de su consistencia ofensiva y su excelencia defensiva, trae una personalidad de líder que enamorará a los fanáticos del sur de California.

Ahora, ¿Qué impacto tendrá su firma en este mercado de agentes libres lento, trabado como nunca antes?

¿Será Hosmer la ficha que finalmente provoque un efecto dominó y empiecen a caer las firmas de agentes libres, uno tras otro, sin que llegue a ser necesaria la apertura del Campo 31?

¿Significa que si Hosmer firmó por 144 millones, J.D. Martínez conseguirá mucho más, teniendo en cuenta que sus números del 2017 fueron extraordinariamente superiores?

La respuesta a la primera pregunta puede ser sí.

Por lo general, los principales agentes libres de cada invierno provocan un compás de espera en varios equipos y no precisamente porque estén interesados en ese jugador en específico, sino porque su firma tendrá un impacto directo en el precio y la disponibilidad de otros peloteros.

Pero no quiere decir que J.D. vaya a conseguir obligatoriamente un contrato mayor.

De hecho, las ofertas que ha recibido son inferiores a las que le hicieron a Hosmer los Padres y los Reales.

En primer lugar, porque Martínez es dos años más viejo que Hosmer.

Y en segundo lugar, porque mientras Hosmer juega habitualmente alrededor de 158 partidos cada año, J.D. sólo ha alcanzado esa cifra una sola vez (2015), pues es un hombre que tiende a lesionarse mucho.

Entonces, sentarse a esperar, como ha sugerido su agente Scott Boras, lejos de beneficiarlo, podría terminar bajándole el precio aún más y obligándolo a aceptar una oferta menor.
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Pujols Beltré Cabrera
AP Photos
Hace rato que a palo limpio, el dominicano Albert Pujols compró su boleto al Salón de la Fama de Cooperstown y sólo es cuestión de tiempo para que veamos a La Máquina en el Templo de los Inmortales.

Lo mismo pasa con su compatriota Adrián Beltré y el venezolano Miguel Cabrera, quienes sólo necesitan esperar los cinco años requeridos desde que se retiren para ser exaltados al Salón de la Fama.

Pero por si todavía hay alguien que no esté convencido de la grandeza de estos tres peloteros, en el 2018 tienen una cita con la historia, pues deben alcanzar nuevas cotas en sus estadísticas, que cimentarán aún más su camino hacia Cooperstown.

Albert Pujols
AP Photo/Ted S. Warren
Pujols, de Angelinos de Los Angeles, está a 32 imparables de los 3,000 y además necesita impulsar 82 carreras para convertirse en apenas el quinto bateador con 2,000 remolques en la historia de las Grandes Ligas y sumarse a un exclusivo club que integran Hank Aaron (2,297), Babe Ruth (2,214), Alex Rodríguez (2,086) y Cap Anson (2,075).

A pesar de sus 38 años de edad, 82 empujadas no debe ser un obstáculo mayor para Pujols, que a lo largo de su carrera ha promediado 126 impulsadas por temporada y que en las últimas cuatro ha tenido una media de 105.

Sólo necesita que la salud le permita tener el suficiente tiempo de juego y él se encargará de remolcar carreras.

Su compatriota Beltré, que en el 2017 llegó a los tres mil imparables, podría alcanzar en el 2018 los 500 jonrones y 1,700 impulsadas.

Adrián Beltré
Ray Carlin-USA TODAY Sports
El antesalista de los Rangers de Texas, quien cumplirá 39 años el 7 de abril, acumula 462 bambinazos y 1,642 remolcadas y al igual que Pujols, necesita salud y más salud para lograr los 28 jonrones y 58 empujadas que le separan de esas cifras, luego de ver limitada su participación en la pasada temporada a 94 partidos.

El venezolano Cabrera, de los Tigres de Detroit, también se acerca a los 500 jonrones y 1,700 impulsadas.

Miguel Cabrera
Justin Berl/Getty Images
Miggy, a punto de cumplir 35 años, tuvo en el 2017 la peor temporada de su carrera, debido a recurrentes lesiones en la espalda, pero ha asegurado estar en gran forma para recuperar el paso que lo ha convertido en el mejor bateador de todo el béisbol en la última década.

Al venezolano le faltan 38 vuelacercas y 87 empujadas para esos números redondos y para ello necesita volver a su producción del 2016, cuando bateó precisamente 38 pelotas sobre las cercas y empujó 108 corredores.

Si Giancarlo Stanton consigue despachar 33 jonrones con su nuevo uniforme de los Yankees de Nueva York habrá llegado a 300, con apenas 28 años de edad.

Stanton suma 267 bambinazos, todos con el uniforme de los Marlins de Miami, líder de todos los tiempos de ese departamento en la franquicia floridana.

Y Chase Utley, premiado con un nuevo contrato de dos años con Dodgers de Los Angeles, está a punto de llegar a una marca muy dolorosa.

Utley ha recibido en su carrera 199 pelotazos y con la próxima bola que impacte en su anatomía, será el octavo en la historia con 200 o más.

En el pitcheo, el zurdo de los Yankees CC Sabathia podría en el 2018 dar pasos sólidos hacia la inmortalidad.

Si gana 13 juegos y abanica a 154 bateadores llegara a 250 triunfos y 3,000 ponches.

Sabathia se reinventó a sí mismo el año pasado, al conseguir 14 victorias, aunque hace mucho dejó de depender de su velocidad y solamente propinó 120 chocolates en 148.2 episodios.

Y Craig Kimbrel, de los Medias Rojas de Boston, se acerca a los 300 salvados.

Kimbrel no solo se uniría al club, sino que también sería el más joven en hacerlo, ya sea con 29 o 30, dependiendo de si puede realizar nueve rescates antes de su cumpleaños el 28 de mayo.

Para tener una idea de la hazaña que está a punto de lograr Kimbrel, vale señalar que el líder de salvados de todos los tiempos, el panameño Mariano Rivera, no registró su rescate 300 hasta que cumplió 34 años.

¿Será entonces que Kimbrel algún día podría convertirse en el rey de los salvamentos de la historia?
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Pitch Clock
AP Photo/Bill WippertUna de las medidas que podría implementarse es un 'reloj de pitcheo' para limitar el tiempo entre lanzamientos.
El comisionado de las Grandes Ligas, Rob Manfred, quiere agilizar los partidos de pelota, lo cual me parece muy bien. La cosa es que lo haga sin dañar la esencia del juego.

Manfred está consciente de que las nuevas generaciones de fanáticos cada vez son menos propensas a pasarse tres horas delante de un televisor y prefieren ir a sus dispositivos electrónicos, ya sean computadoras, tabletas o teléfonos inteligentes, para ver los resúmenes de los encuentros, con las mejores jugadas.

El jerarca de la MLB busca atraer a los llamados 'millenials', que si bien hoy no representan un sector de consumo poderoso en términos económicos, sí lo serán en los próximos cinco, diez o 15 años.

Ya muchos aficionados están poniendo el grito en el cielo con el experimento que se pondrá en práctica durante la pretemporada, de colocar un corredor en segunda base abriendo el décimo episodio, en caso de extrainnings, como se aplica en los torneos de 'softbol cervecero'.

Manfred anunció que también se usará la llamada 'regla Schiller' en el Juego de las Estrellas, pero a partir del undécimo capítulo.

No se alarmen... por el momento. Es sólo de manera experimental y en juegos sin un significado real.

Es imposible aspirar a que los juegos duren aquellas escasas dos horas de hace décadas, pues entonces no existía televisión y por ende, no se consumían unos dos o tres minutos entre innings para anuncios comerciales.

Saquen la cuenta y verán. Digamos tres minutos cada vez que se sacan los tres outs y viene a batear el otro equipo, por 18 veces (parte alta y parte baja de cada inning), ahí se fueron 54 minutos, casi una hora.

Por esa vía parece imposible recortar tiempo, pues el dinero manda. Obvio, ¿no? Está difícil de creer que alguien va a ceder ganancias a cambio de tiempo.

Si bien gran parte del éxito de la publicidad está en la repetición del mensaje hasta impactar en la mente del consumidor, podría negociarse con los patrocinadores de las transmisiones la creación de dos versiones de un mismo anuncio, una más corta para poner al aire en la mitad de cada inning y la más larga cuando termine una entrada completa, de manera que no todas las pausas comerciales tengan la misma duración.

Donde sí puede ganarse tiempo es dentro del propio juego en sí, donde se pierden preciosos minutos innecesariamente.

Una de las maneras sería limitar el número de visitas al montículo y no sólo del coach de pitcheo o el manager, sino, sobre todo, de los catchers.

¿Cuántas veces no hemos visto que en un solo turno al bate el receptor y el lanzador conferencian varias veces para ponerse de acuerdo sobre qué envíos hacer?

Si los viajes de los enmascarados a la lomita contaran como visitas y ello implicara que a la segunda hay que cambiar el serpentinero, los implicados buscarían otros métodos para comunicarse sin desperdiciar tanto tiempo.

Otra vía en la que se consume demasiado tiempo es en las reclamaciones de las jugadas apretadas.

En primer lugar, se le da demasiado tiempo a los managers para decidir si apelarán o no las decisiones arbitrales, algo que no debería ser así.

Como dice el colega Ernesto Jerez, si un mentor va a reclamar, debía ser a ojo por ciento. En otras palabras, si la jugada le pareció apelable, reclámela de una vez.

Es cierto que las apelaciones son escasas y perder la primera le quita el derecho a una segunda.

Pero es preferible darle a los equipos un turno más de reclamaciones, en vez de que, en cada jugada cerrada, el director -- u otra persona encargada -- revise el video para decidir si apelará o no.

Y una vez que decide reclamarla, no pueden los especialistas en el centro de control de Nueva York tomarse tanto tiempo en decidir.

A veces vemos jugadas más que evidentes en las que desde la Gran Manzana gastan hasta cinco o seis minutos, que van sumando hasta hacer el juego algo interminable.

Tómense esas medidas y veremos cómo disminuye el tiempo de los partidos, sin necesidad de dañar la esencia del juego con reglas de softbol cervecero.
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Yu Darvish ya andaba preparando las maletas para irse al campo de entrenamientos que el sindicato de peloteros abrirá en la Florida para los casi 200 agentes libres que siguen sin empleo, pero a última hora tuvo que cambiar el boleto por uno mucho más caro.

El lanzador derecho japonés consiguió un pasaje de 126 millones de dólares que por los próximos seis años lo enviará directamente a Mesa, Arizona, sede de los entrenamientos primaverales de los Cachorros de Chicago.

El contrato que Darvish acaba de pactar con los Cachorros podría incluso llegar hasta los 150 millones, en dependencia de una cláusula que activaría una opción por un año más, en caso de cumplirse ciertas estadísticas.

El nipón, de 31 años, ganará un promedio de 21 millones por campaña y su firma coloca nuevamente a Chicago en condición de favorito en la división central de la Liga Nacional.

Darvish viene a completar una rotación que ya tenía al derecho Kyle Hendricks y a los zurdos Jon Lester, Drew Smyly y el colombiano José Quintana.

Ello le daría la opción al mánager Joe Maddon de reforzar aún más el bullpen con Mike Montgomery, ese comodín que lo mismo abre un juego, que lo releva.

Montgomery sería entonces de gran ayuda dentro de un cuerpo de relevistas que consiguió a Brandon Morrow en el invierno, para sumarlo al zurdo Justin Wilson, adquirido a mitad de la campaña pasada, y a los derechos Carl Edwards Jr. y el dominicano Pedro Strop.

El cuerpo de serpentineros se ve blindado por todos lados para poder competir ante los Cardenales de San Luis, sus eternos rivales divisionales, y los reforzados Cerveceros de Milwaukee. Eso, a un plazo inmediato.

La historia en contra de Darvish

A la larga, lo que está por verse es si 126 millones por seis años no es mucho dinero o demasiado tiempo para Darvish.

El japonés, que debutó con los Rangers de Texas en el 2012, ya suma cinco temporadas en las Mayores, más un año completo (2015) que se perdió por lesión.

A los hechos me remito: solamente dos lanzadores japoneses en toda la historia, Hideo Nomo y Tomokazu Ohka, han logrado permanecer en las Mayores por diez o más campañas.

Nomo (123-109, 4.24) fue el que más tiempo estuvo. Pasaron 11 contiendas desde que debutó en 1995 con Dodgers de Los Ángeles, hasta que cerró en el 2005 con los Rays de Tampa Bay, cuando no era ni la sombra de aquel que ganó el premio de Novato del Año.

Luego intentó un regreso, a los 39 años, en el 2008 con los Kansas City Royas, pero prácticamente no pudo sacar outs en tres apariciones como apagafuegos y el equipo lo dejó en libertad.

Por su parte, Ohka (51-68, 4.26) fue un mediocre abridor itinerante que a duras penas se mantuvo diez temporadas con los Medias Rojas de Boston, los desaparecidos Expos de Montreal, los Nacionales de Washington, los Cerveceros y los Indios de Cleveland.

Entonces, Darvish estaría obligado a superar en lo que a tiempo respecta, a estos dos compatriotas para hacer valer cada dólar de su contrato.

Además, desde que regresó en el 2016 de su operación Tommy John no ha sido el mismo.

En sus primeras tres campañas con los Texas Rangers, el asiático tuvo récord de 39-25 y 3.26 de efectividad, con un promedio de 181 entradas trabajadas en cada uno de esos años.

Desde entonces suma 17-17 y 3.70, con una media de 144 episodios por temporada.

Sus números globales, antes y después de la cirugía, son de de 56 triunfos, 42 derrotas y efectividad de 3.42 en 131 aperturas, buenos, pero no excepcionales como para involucrar tanto dinero que a la larga puede terminar tirado al inodoro.

Si bien Darvish puede resolver de manera inmediata el completamiento de la rotación, su pacto podría resultar pan para hoy y hambre para mañana.

En eso de botar millones a la cañería los Cachorros tienen experiencia previa. Si no, pregunten por un tal Jason Heyward.

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Más allá de la buena voluntad de la Confederación de Béisbol del Caribe por mantener un formalismo, no hay manera en que la Serie del 2019 se celebre en Venezuela.

Seamos realistas. La situación económica y sociopolítica de aquel país es complicada; Venezuela está inmersa quizás en una de las mayores crisis de su historia.

Es una fantasía pensar que semejante estado de cosas se arreglará de aquí a un año, por lo que es una necesidad imperiosa comenzar a pensar en una sede alternativa.

Ya México, que rescató la edición del 2018 prevista para Barquisimeto, dijo que no organizaría la Serie del Caribe por tercer año consecutivo.

En la rotación anunciada esta semana para las próximas ediciones le correspondería detrás de Venezuela a Puerto Rico (2020), pero la Isla del Encanto todavía está levantándose de la devastación causada por el huracán María y sería muy difícil que los boricuas puedan adelantar un año la organización del certamen.

¿Quién levanta la mano para salvar la Serie del 2019?

Cuba, que no fue incluida en la rotación, podría resultar una opción atractiva, pero hay demasiados asuntos legales por resolver que obstaculizan una inminente celebración del torneo en La Habana.

República Dominicana esperará su turno en el 2022, como lo hará México en el 2021.

Entonces, ¿cuáles son las opciones?

Desde hace años, Colombia viene pujando por entrar como miembro activo de la Confederación y su desarrollo de los últimos años avala esa aspiración.

El béisbol en el país cafetero ha crecido cualitativamente, como lo demuestra la cifra de peloteros que tienen en las Grandes Ligas y las Menores, así como el buen sabor de boca que dejó la selección nacional en el Clásico Mundial del 2017.

Colombia cuenta con el estadio Once de Noviembre, sede de los Tigres de Cartagena, con aforo para 12 mil fanáticos, así como los más modernos parques 18 de Junio y 20 de Enero, de los Leones de Montería y los Toros de Sincelejo, respectivamente, construidos en el 2003.

En el estadio de los Leones caben 11 mil aficionados, mil más que en el de los Toros, mientras que en marzo se inaugurará el estadio Edgar Rentería en Barranquilla, con 12 mil asientos.

Sería una oportunidad inmejorable para que Colombia levante la mano en rescate del evento, para de paso insertarse definitivamente en el torneo que tanto añora.

Panamá, en su condición de fundador de la Serie del Caribe, quiere regresar y cuenta con el estadio nacional Rod Carew, construido en 1999 con capacidad para 27 mil espectadores, aunque la calidad de su liga es inferior a la colombiana.

Nicaragua, que también ha pedido ingresar a la Pequeña Serie Mundial Latinoamericana, tiene el recién inaugurado estadio Dennis Martínez, el parque beisbolero más moderno de la región, con espacio para 30 mil fanáticos, pero al igual que Panamá, su torneo doméstico no alcanza el nivel del de Colombia.

Y está la variante de la multicultural Miami, vista por muchos como la capital de Latinoamérica y donde están dadas absolutamente todas las condiciones para acoger el evento en el modernísimo Marlins Park.

Ya la Capital del Sol organizó dos ediciones, en 1990 y 1991, que resultaron un fracaso.

Pero desde entonces hacia acá las circunstancias han cambiado totalmente y una nueva edición en Miami me atrevo a asegurar que sería una apuesta exitosa segura.

Cuando se disputaron los eventos en 1990 y 1991, se celebraron en el desaparecido estadio Orange Bowl, de football americano, y en el ruinoso parque Bobby Maduro, nada comparables con el Marlins Park

Además, entonces la gran mayoría de la población miamense estaba compuesta por cubanos, que no se identificaron con los equipos participantes de República Dominicana, Puerto Rico, Venezuela o México.

La composición demográfica de Miami ha cambiado mucho y aunque los cubanos siguen siendo mayoría, ya hay notables porcentajes de venezolanos, dominicanos, puertorriqueños, mexicanos, colombianos y nicaragüenses, concentrados en diferentes barrios y municipios del condado.

Si a eso le suman la presencia también de un representante de Cuba, es fácil pensar que la asistencia que se registraría en esos días sólo sería superada por la que se dio durante el Clásico Mundial.

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Tim Tebow
Ken Murray/Icon Sportswire
Huelga, esa temida palabra, se cierne en el horizonte de las Grandes Ligas.

A principios de esta semana, en conferencias telefónicas que los funcionarios del sindicato de peloteros sostuvieron con los representantes de los jugadores de cada equipo, se habló sobre la viabilidad de negarse colectivamente a presentarse en los entrenamientos de primavera hasta el 24 de febrero.

Aunque no se trata de una huelga como la que paralizó la temporada de 1994 y obligó a suspender la Serie Mundial, esta intentona sería en protesta por la cantidad de agentes libres que todavía siguen sin firmar.

Afortunadamente, el sindicato informó a los jugadores que una acción organizada de ese tipo constituiría una huelga ilegal en violación del Convenio Laboral Colectivo, por lo que se desechó la idea.

Son casi 200 los peloteros que siguen desempleados, pero no todos por las mismas razones.

Si los principales agentes libres no han firmado aún no ha sido por falta de ofertas, sino por ambición excesiva de los jugadores y sus agentes.

Pongamos el ejemplo de Eric Hosmer.

Los Reales de Kansas City le han ofrecido la nada desdeñable cifra de 147 millones por siete temporadas, siete millones más que la oferta de los Padres de San Diego por igual cantidad de tiempo.

Pero Hosmer y su agente Scott Boras quieren un pacto de mayor duración, de hasta diez años.

Entonces no es por falta de ofertas. También a J.D. Martínez, Yu Darvish, Jake Arrieta y otros encumbrados desempleados les han ofrecido jugosos pactos, aunque los hayan rechazado.

Lo que pasa es que los equipos parecen haber aprendido finalmente la lección de que esos contratos de una década son contraproducentes y termina pesando más que un piano de cola en una escalera.

Hay otros casos de peloteros más veteranos a quienes les resulta más difícil conseguir trabajo, porque muchos equipos prefieren apostarle a sangre más joven y barata.

No hay nada ilegal en que los equipos quieran proteger su dinero o invertirlo de manera más inteligente, ni razones justas y reales para que la unión vaya a la guerra contra el patronato.

Más que sindicato, esto es un club exclusivo de millonarios a quienes el dinero a veces se les va para la cabeza y olvidan, con acciones como estas, a quienes a la larga y aunque indirectamente, pagan sus salarios: los fanáticos.

Dice un refrán que la avaricia rompe el saco. Hoy no estamos en la época pre-agencia libre, cuando los dueños explotaban a su antojo a sus jugadores y les pagaban sueldos inferiores a los merecidos.

Sin olvidar que esto es un negocio, el poner el dinero tan por delante del juego en sí es como esos artistas sólo interesados en cobrar gruesos cheques, aunque su actuación en el escenario deje mucho que desear.

En estos tiempos que vive el béisbol, con la mejor salud financiera de la historia, un paro laboral podría tener consecuencias devastadoras, mucho peores que las de la huelga de 1994.

Reponerse de un golpe de esa naturaleza, sin sentido y amparado sólo en la ambición desmedida de los peloteros y sus agentes, tomará mucho más tiempo, aun cuando Giancarlo Stanton y Aaron Judge establezcan una épica carrera de jonrones, al estilo de la que protagonizaron Mark McGwire y Sammy Sosa en 1998.

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Noah K. Murray/USA TODAY Sports
Los Cerveceros de Milwaukee han tenido una temporada baja ocupada, especialmente en el transcurso de la semana pasada, en lo que parece ser el final de un proceso de reconstrucción sorprendentemente corto, como si la gerencia tuviera un sentido de urgencia para poder competir en la campaña número 50 de la historia de la franquicia.

Las adquisiciones de los jardineros Lorenzo Cain, vía agencia libre, y Christian Yelich, en intercambio con los Marlins de Miami, más las firmas de los relevistas Matt Albers y Boone Logan han puesto a los fanáticos a soñar en la ciudad.

Pero incluso después de todas esas mejoras, el sitio Fangraphs todavía proyecta que los Cerveceros terminarán con un récord de 77-85, algo sorprendente, teniendo en cuenta que el año pasado tuvieron balance positivo de 86-76 y el equipo estuvo batallando hasta las fechas finales del calendario regular por entrar a la postemporada.

Yovani Gallardo
AP Photo/Steven SenneYovani Gallardo regresa a Milwaukee después de paradas en Texas, Baltimore y Seattle, pero es un signo de interrogación en el cuerpo monticular
Pero al analizar en profundidad la plantilla del club, saltan a la vista algunos huecos importantes que pueden afectar su capacidad para competir con equipos más completos.

La rotación abridora es su problema más obvio.

Jimmy Nelson, quien tuvo en el 2017 la mejor campaña de su carrera (12-6 y efectividad de 3.49 en 29 aperturas), estará fuera de juego hasta junio mientras se recupera de una cirugía por un desgarramiento en el hombro derecho.

Los diestros Chase Anderson y Zach Davies parecen ser apuestas seguras para los puestos uno y dos, pero más allá de ellos, el staff de abridores está lleno de signos de interrogación, con el zurdo Brent Suter, el mexicano Yovani Gallardo, quien regresa a Milwaukee, y el venezolano Jhoulys Chacín. Eso no quiere decir que los Cachorros de Chicago y los Cardenales de San Luis no tengan sus propias dudas, pero la rotación de los Cerveceros sin Nelson podría ser una experiencia amarga durante la primera mitad de la temporada.

AP Photo/Derik HamiltonChristian Yelich es una cara nueva que debe reforzar los sobrepoblados bosques de Milwaukee
Y Milwaukee no tiene un bullpen como el de los Yankees de Nueva York, que alivie la carga de trabajo de los abridores como pueden ser los relevistas de los Bombarderos.

El puente para llegar desde los iniciadores al cerrador Corey Knebel, quien resultó una grata sorpresa el año pasado con sus 39 rescates y 126 ponches en 76 entradas, está lleno de grietas.

El zurdo Josh Hader debe ser el hombre del octavo episodio, pero está por verse si el recién llegado Albers es capaz de repetir los números que consiguió la pasada campaña con los Nacionales de Washington (7-2, 1.62), teniendo en cuenta que en 12 años de carrera tiene balance de 36-39 y efectividad de 4.13, números del montón.

Y Logan regresa de una lesión que lo marginó durante los últimos dos meses de su contrato con los Indios la temporada anterior.

El resto del cuerpo de apagafuegos es un grupo heterogéneo que incluye al venezolano Junior Guerra, Jacob Barnes, Olivier Drake y Jeremy Jeffress.

La ofensiva de Milwaukee probablemente pueda considerarse como una fortaleza, pero no deja de tener sus propios agujeros.

Queda por ver si el dominicano Jonathan Villar puede recuperarse de una campaña increíblemente pobre en el 2017, cuando se ponchó en más del 30 por ciento de sus turnos y su promedio de embasamiento (OBP) estuvo por debajo de .300.

En la receptoría, el venezolano Manny Piña es bastante confiable defensivamente hablando, pero con el madero está lejos de ser Jonathan Lucroy.

De todos modos, la llegada de Cain y Yelich viene a reforzar una alineación que puede resultar intimidante para los lanzadores rivales, sobre todo si el jovencito venezolano Orlando Arcia sigue su desarrollo ascendente, Travis Shaw repite una temporada de 30 jonrones y 100 impulsadas y Ryan Braun se mantiene saludable.

Eric Thames demostró en el 2017 que puede batear en Grandes Ligas, luego de destrozar la menos exigente liga coreana, mientras que los venezolanos Hernán Pérez y Jesús Aguilar y Eric Sogard, serán los principales reemplazos disponibles en la banca.

Está por verse cómo maneja el manager Craig Counsell su alineación diaria, con unos jardines sobrepoblados que además de Braun, Yelich y Cain, cuentan con un fildeador excepcional como Keon Broxton y el quisqueyano Domingo Santana, capaz de sacar 30 pelotas del parque en el 2017.

Alguna de estas piezas podrían todavía usarse como monedas de cambio para reforzar el pitcheo, el área que podría darle la razón a Fangraphs en su pesimista proyección.

A punto de cumplir medio siglo de existencia, los Cerveceros, nacidos en 1969 en la Liga Americana y cambiados a la Nacional en 1998, sólo han ido cuatro veces a la postemporada, con una visita a la Serie Mundial (1982), que perdieron 4-3 ante San Luis.

La última vez que estuvieron en playoffs fue en el 2011, cuando también fueron eliminados por los Cardenales en la serie de campeonato del viejo circuito.

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