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El día que Muhammad Ali le dijo NO al ejército

El 28 de abril de 1967 en Houston, Texas, Muhammad Ali se negó a ser reclutado para ir a Vietnam y le quitaron su licencia de boxeador.

Cuando Ali fue reclutado para ir a Vietnam por primera vez, recibió una calificación de 1-Y, que se puede traducir como una “nota baja”. Es que no había aprobado el Test de Índice de Inteligencia. Aquello ocurrió en 1965.

En esos tiempos, Ali no era Ali, sino Cassius Marcellus Clay, el mismo que en 1960 había obtenido la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Roma. El mismo que predecía los asaltos en los que iba a ganar, que leía sus poesías en público y por el cual los viejos periodistas de boxeo renegaban todo el día.

“El día que enfrente a un rival en serio se va a terminar su circo”, afirmaban, convencidos de que era, ante todo, nada más que un bocón. El 25 de febrero de 1964, sin embargo, y a pesar de la controversia, Clay le ganó contra todos los pronósticos a Sonny Liston y se alzó con la corona que se habían cedido algunos próceres como Jack Dempsey, Joe Louis o Rocky Marciano. Liston no salió a pelear al séptimo round, acusando una lesión en un hombro en la que algunos no creyeron. Clay había bailoteado por todo el ring. Y hasta debió superar una inflamación en la vista, producto de un misterioso ungüento que habían colocado en el guante del “Oso Feo”, como Clay lo había bautizado al campeón.

La pelea estaba empatada hasta ese momento: 2 puntos para Liston según un jurado, 2 para Clay el otro y el tercero, Barney Félix, también referí, daba empate. A los 22 años, Clay daba la gran sorpresa y le gritaba a los periodistas sobre el ring:

-¡Cómanse sus palabras!

Sin embargo, pocos días después, el flamante campeón dio una sorpresa aún mayor, cuando declaró que creía en Alá. “Fui bautizado cuando tenía 12 años y no sabía lo que hacía. Sé adónde voy, conozco la Verdad y no tengo que ser lo que ustedes quieran”. Y para completar aquella declaración, anunció que renunciaba a su “Nombre de Esclavo”, para ser Muhammad Ali.

Hacía un tiempo ya que Ali había conocido a Malcolm X, a través de quien ingresó a la Nación del Islam y le presentó a Elijah Muhammad. Elijah comenzó a ejercer influencia en el joven boxeador, ya que Malcolm X tenía una tendencia mucho más combativa hacia la situación que vivían los afroamericanos en esos tiempos. Tiempos en los que había baños para Blancos y baños para “Colored” y en donde los afroamericanos debían cederle el asiento a los blancos en los ómnibus –y ocupar el espacio trasero. Esas, apenas, eran las normas más elementales en un país en donde los afroamericanos estaban totalmente marginados.

El propio Clay lanzó al rio su medalla olímpica cuando, de regreso de los Juegos, le prohibieron entrar a una cafetería debido al color de su piel. Ali siguió peleando y ganando, y aunque una gran parte del periodismo seguía llamándolo “Cassius” él insistía en su posición. La segunda edición de su pelea con Sonny Liston duró apenas unos minutos y terminó en una gran controversia, por un golpe que pocos vieron. A Ernie Terrell, que lo llamó Clay en las conferencias previas, los castigó sin piedad durante 15 asaltos. El combate, efectuado el 6 de febrero de 1967, fue en Houston. Y cada vez que le pegaba, le gritaba:

-¿Cuál es mi nombre?

Dos años después de la primera calificación para ingresar al Ejército, esta fue cambiada por un 1-A, por lo que quedó declarado apto para ingresar a la Fuerzas Armadas. Durante 1966, tras alegar que razones de conciencia le impedían ingresar al ejército, logró un poco más de tiempo y pudo seguir combatiendo en el ring. Aunque públicamente se mostró contrario a la guerra de forma abierta:

-No tengo nada contra los Vietcongs –dijo en uno de los tantos reportajes que le hicieron.

El 28 de abril de 1967 se presentó en un viejo edificio de Correos en Houston, Texas, junto a otros 11 convocados por el Ejército. Cuando lo llamaron por su nombre original, no contestó. Y tampoco dio un paso al frente cuando fue convocado por Muhammad Ali. Un oficial le pidió que lo acompañara. Lo hizo y en otro despacho, escuchó la advertencia de las consecuencias de su actitud. Le hicieron saber que podía ser condenado por desertor.

Cuando por segunda vez le dieron la oportunidad de aceptar su reclutamiento, volvió a negarse y firmó una declaración al efecto. Ese mismo día, la Comisión Atlética de New York decidió desconocerlo como campeón del mundo de los pesos completos y le quitó la licencia de boxeador profesional. La bomba había estallado. Otros estados se fueron sumando a esa medida.

El 20 de junio de 1967 fue condenado a cinco años de prisión y a pagar 100 mil dólares de multa. Comenzó así un largo periplo, que terminó tres años y medio después. Tres años y medio en los cuales el boxeo se vio privado de ver en acción a un Muhammad Ali en su mejor condición física. Tres años y medio que lo pusieron a prueba en sus convicciones, ya que podría haber aceptado a cambio de hacer exhibiciones o misiones de poco riesgo.

Logró permanecer en libertad condicional tras pagar la fianza. Su primera apelación fue ante un tribunal de Houston. Luego se presentó en New Orleans, en junio de 1968. Y, finalmente recurrió al Tribunal Supremo de los Estados Unidos. Solamente estuvo detenido 10 días en Dade, Miami, en diciembre de 1968, pero fue por una antigua infracción de tráfico. “Será un buen entrenamiento si tengo que cumplir prisión por no haber aceptado el servicio militar”, fueron sus palabras.

Recorrió el país dando conferencias y, muy lentamente, la sociedad norteamericana comenzó a inclinarse por su postura, ante lo estéril de una guerra ajena que costó muchas vidas.

-Hemos estado en prisión por 400 años. No voy a viajar al otro lado del mundo para ayudar a asesinar y quemar a una nación pobre simplemente para continuar la dominación de los amos blancos sobre esclavos de piel oscura. El verdadero enemigo de mi gente está aquí.

En septiembre de 1970, un juez federal de Texas determinó que la sanción a Ali era “Arbitraria e irrazonable”. Razones como las escuchas del FBI contribuyeron al fallo que fue, en su momento, una decisión ejemplar. Y poco tiempo más tarde, la Comisión de New York le devolvió su licencia.

El 26 de octubre de 1970 pudo regresar al ring, enfrentando a Jerry Quarry en Atlanta, justamente en el Sur de los Estados Unidos, la zona más caliente en la actitud racista. Ganó, pero ya no era el mismo, su estilo había cambiado, ya no era el acróbata que “Vuela como una mosca y pega como una abeja”. No se pudo ver demasiado, por cierto, porque el combate fue detenido en el tercer round, a causa de los cortes sufridos por Quarry.

El 7 de diciembre de 1970 se presentó en el Madison, ante el argentino Oscar Natalio Bonavena, “Ringo”, quien sucumbió en el 15to y último asalto. Lo estaba esperando Joe Frazier, ex olímpico, invicto y ahora campeón mundial, con quien realizó una extraordinaria trilogía.

Pero hoy, cuando The Greatest estuviera cumpliendo 80 años, es un buen momento de recordar cuando un orgulloso y altanero Muhammad Ali demostró al mundo que no solamente era capaz de plantarse en los rings sino también en la vida, consciente de sus convicciones.

Un gesto que, con el correr de los años, contribuyó todavía más a que sea considerado, por siempre, El Más Grande.

Nota del Editor: Este artículo fue publicado originalmente el 28 de abril de 2020