Geoffrey Charles Hurst (Ashton-under-Lyne, Inglaterra, 8 de diciembre de 1941) es el único jugador en la historia del fútbol que ha conseguido marcar un hat trick en la final de una Copa del Mundo. El de Lancashire fue nombrado Sir por la Reina Isabel II a raíz de su hazaña el 30 de julio de 1966 en el partido decisivo entre Inglaterra y Alemania.
Marcó 'Geoff' el primero y los últimos dos tantos en la final de Wembley, pero el más significativo fue el del medio, que se descubre ilegal con la ayuda de la tecnología, pero validado por el juez de línea azerbaiyano Tofik Bakhramov. A todas luces se sabe en la actualidad que aquellos millones de abrazos, aquel desborde de pasión, aquella felicidad, fueron posibles gracias a una ficción primero, y a un error humano después.
La final del Mundial de Inglaterra 1966 registra un episodio que jamás se ha repetido en un partido disputado por la selección alemana. Su derrumbe emocional. El remate de Hurst después de controlar el balón tras recibir el centro de Alan Ball desde la derecha -el primer gol fantasma decisivo de la historia-, ha sido tema de conversación durante décadas.
Protestado por un país, el mundo se conmovió después de asistir a la verdad. La pelota rebotó en el travesaño y picó en el césped apenas delante de la línea de gol, para luego salir escupida hacia fuera. Pero el línea marcó el centro del campo.
El 3-2 para Inglaterra, en la prórroga, le pesó como una losa al equipo dirigido por Helmut Schon. Wembley en llamas. De un lado y del otro. Gozo en una cabecera. Indignación en la otra. Hubo un gol más. La sentencia. Mazazo de Hurst, en forma de misil al ángulo derecho del arquero Tilkowski.
Sin embargo, el título mundial que consiguió la Inglaterra liderada por Bobby Charlton en 1966 tiene otra significación, épica, más allá de la jugada que inclinó el partido. Ocho años antes, el 6 de febrero de 1958, el fútbol inglés había perdido en una tragedia aérea al 99 por ciento de los integrantes del magnífico Manchester United que cautivaba al Viejo Continente. Los 'red devils' habían logrado el pasaporte para disputar las semifinales de la Copa de Europa al batir (3-3; 4-5 por penales) al Estrella Roja de Belgrado, pero en el viaje de regreso a Inglaterra, vía Múnich (Alemania), el avión que debía llevarlos se precipitó después de ganar la altura de vuelo requerida, a causa de un desperfecto, contra una casa deshabitada.
Sólo se salvó el propio Bobby Charlton. Tanto el Manchester como la selección inglesa se refundaron alrededor de su figura calva y la enorme calidad técnica que atesoraba. A Hurst, sus goles le hicieron eterno. Charlton se transformó en un milagro. Y para Inglaterra, la Copa del Mundo fue una reivindicación de la vida.
