BUENOS AIRES -- Espigado. De andar elegante. Preciso en la pegada e inteligente en el juego. Javier Pastore presentó sus credenciales siendo muy chiquito. Desde que surgió a los 7 años del semillero de Huracán del Barrio La France en Córdoba. El destino ha querido que aquella plataforma de despegue marcara a fuego su carrera ya desde el nombre.
Huracán, pero de Parque Patricios, le brindó sus primeras crónicas de prestigio. La France, Francia, le ha encumbrado tras una actuación consagratoria con su equipo, Paris Saint-Germain, como una de las figuras más importantes de los octavos de final de la UEFA Champions League 2014-15.
A sus 25 años (20 de junio de 1989), el cordobés elaboró una actuación extraordinaria en Stamford Bridge, la casa del poderoso Chelsea, para ayudar al PSG a alcanzar los cuartos de final de la competición después de jugar una hora y media con un hombre menos que los Blues como consecuencia de la inentendible expulsión de su goleador, Zlatan Ibrahimovic.
Pastore, acaso no tan fino en la posesión de la pelota como en otros encuentros (completó 70 de los 90 pases que intentó, un 78% de eficacia), aunque prodigioso para conectar con Edinson Cavani en los momentos de mayor apremio de su equipo, no dejó de pedir el balón jamás, ni de colaborar en todo momento con sus compañeros en el juego sin pelota. No le afectó nunca ni le mermó tener que retrasarse muchos metros para disimular la inferioridad numérica del equipo a la hora de recuperar el balón, ni se achicó tras comprender que el desarrollo del juego le pedía más sacrificio que lucimiento personal.
Pastore ha dejado de ser aquel talento genial pero lagunero de Huracán, desprovisto de armazón para el combate cuerpo a cuerpo. Tampoco es ya ese conductor con gol, liberado de roces, que llamó la atención de Europa en el Palermo de Italia. La madurez le encuentra en el PSG.
Concentrado a ultranza y en apariencia despojado de ego. Metido en los partidos desde el primer instante, interpretando a la perfección lo que el juego le pide, ajeno a contratiempos y provocaciones.
Contra el Chelsea, Javier Pastore protagonizó una actuación descomunal porque se adecuó a la labor colectiva sin perder su identidad. Le faltó volumen de juego con balón por las condiciones especiales en las que tuvo que jugar su equipo, pero nunca dejó de proponer e imaginar un escenario óptimo para él y sus compañeros. La fe y la insistencia les otorgaron el premio de la clasificación por el valor de los goles convertidos en condición de visitante. Había sido 1-1 en París, pero fue 2-2 en Londres.
Pastore se remangó con Verrati, Matuidi y Motta, y cuando intentó progresar en el terreno de juego con la pelota al pie fue junto al brasileño Thiago Motta uno de los dos jugadores del conjunto de Laurent Blanc que más faltas recibió. Le cometieron 5 fouls, pero no rehuyó nunca la responsabilidad de ser la llave de entrada de su equipo al área del cuadro dirigido por Jose Mourinho.
Hábil para ocupar los pocos espacios que le ofrecía entre líneas el Chelsea, sabio para administrar la pelota en las escasas jugadas de contragolpe que se generaban a espaldas de Oscar y Ramires, el muchachito que se formó en las inferiores de Talleres de Córdoba sacó ventaja, sobre todo en la segunda parte del tiempo reglamentado. Y le metió el miedo en el cuerpo a más de 40.000 ingleses enardecidos a base de pases en profundidad filtrados con precisión quirúrgica.
No fue la noche de Cavani, porque Thibaut Courtois, el fenomenal arquero belga del Chelsea, acaso el mejor portero del mundo en estos momentos, estuvo brillante. Pero sí fe la de David Luiz y Thiago Silva -los goleadores bleus-, y la de Pastore.
Habrá que ver si la actual edición de la Copa de Europa le ofrece al excelente mediapunta argentino la posibilidad de mejorar la performance que diseñó en Stamford Bridge. Será difícil, porque rozó la perfección.
