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La colorida incongruencia del boxeo

Una noche en Nueva York, emergió una trifulca a unas filas delante de donde yo estaba sentado en el Madison Square Garden. Acerca de una docena de hombres se estaban machacando a golpes, dándose puñetazos y patadas en un frenesí de violencia que fácilmente se podía esparcir hacia donde estaba yo sentado, sin poder moverme, con el corazón acelerado y los ojos fijamente mirando la espontánea melé.

Pero a pesar de la proximidad del altercado, mis acompañantes y yo estábamos seguros, considerados como civiles porque no éramos ni puertorriqueños ni dominicanos, las nacionalidades de los grupos en disputa. Me olvido si fue el boxeador dominicano o el puertorriqueño quien se benefició de la decisión que incendió el tumulto, pero el orgullo ultranacionalista estaba claramente en el corazón del asunto.

Una actividad en la cual los eres humanos voluntariamente sacrifican sus cuerpos por el entretenimiento de otros es una placa de Petri primordial en la cual el comportamiento extremo de todo tipo aflora. Emociones similares están en juego en otros deportes, claro está, pero ninguna otra competencia atlética enciende la mecha como lo hace el boxeo.

¿Pueden imaginar a Andy Murray y a Novak Djokovic intercambiando insultos antes del campeonato de Wimbledon de la misma manera en que lo hicieron Dereck Chisora y Malik Scott durante el evento mediático para promover la pelea del sábado en Londres? Uno simplemente no escucha comentarios tan provocativos como "Te voy a hacer pedazos" y "Tú besas hombres en el pesaje, muchacho" en ningún deporte salvo en el boxeo.

En parte es porque no hay mediadores entre la acción y la intención. Es un combate -- un denominador común que todas las criaturas vivientes entienden y al cual todas responden en formas predecibles. Pero a pesar de las peleas como tal, quizás el aspecto más políticamente incorrecto del boxeo es que está bien el identificarse con una nación o raza y abiertamente apoyar a los tuyos.

¿Y por qué no? Es la naturaleza humana, un eco del pasado que aún nos moviliza algo muy profundo. Hubo un tiempo cuando el hombre más fuerte del pueblo también era el líder, el campeón de la gente en el sentido más sincero del término. Él era el responsable de proteger a la tribu y de liderar los ataques contra los saqueos.

Hoy en día, las fuerzas policiales y las milicias profesionales cargan con el mayor peso de esta responsabilidad, pero aún así mandamos al frente a nuestros campeones bajo la forma de héroes deportivos, y ningún acontecer atlético pone el dedo en la llaga del combate mortal como el boxeo.

Enemistades entre boxeadores de distintos puntos geográficos -- independiente de que sean naciones, ciudades o barrios -- siempre han sido una parte significativa de la seducción del boxeo y usualmente son un éxito taquillero.

También está la tendencia de reducir a los boxeadores de ciertas nacionalidades y etnias a estereotipos: los mexicanos son unidimensionales, los puertorriqueños son derrotistas, los europeos del este son robóticos, los británicos tienen quijadas débiles, los filipinos son insultados cuando el rival fracasa. Hay un insulto estándar y un cumplido opuesto para los boxeadores en todas las esquinas del mundo, y quizás una pizca de verdad en todos ellos. Pero solamente una pizca.

Hay numerosas excepciones a la regla, pero han fracasado en desalojar estas ideas equivocadas tan extendidas. Consecuentemente, generalizaciones superficiales son parte del deporte, repetidas mecánicamente independientemente del mérito. Es la versión del boxeo de los perfiles raciales, pero nadie es arrestado o deportado -- simplemente incongruentemente encasillado.

Dado a la abominable historia de la esclavitud, segregación y racismo institucional, los combates de boxeo entre peleadores negros y miembros de otras razas siempre han tenido más éxito que otros emparejamientos. Desde Jack Johnson y Jim Jefferies hasta Larry Holmes y Gerry Cooney, la confrontación negro-versus-blanco ha sido la dinámica más polarizante del boxeo. Aunque el racismo flagrante ya no es la norma, la intolerancia aún acecha bajo la superficie.

"Nunca dejaría que un blanquito me derrotara", vociferó Bernard Hopkins cuando se encontró a su futuro oponente Joe Calzaghe en el fin de semana de la pelea Floyd Mayweather Jr.-Ricky Hatton.

Hubo expresiones superficiales de consternación respecto al ofensivo exabrupto de Hopkins, pero en general, la fanaticada y la gente del mundo del boxeo se rieron y siguieron para delante, hambrientos por el próximo exabrupto de algún tipo o de otro. Después de todo, ¿qué es del boxeo sin ninguna serie de eventos políticamente incorrectos de nunca acabar?

En un delicioso giro del destino, en estos días son los boxeadores negros quienes frecuentemente son los autores del mal trato del cual alguna vez fueron víctimas. Por ejemplo, antes de que las conversaciones por un combate entre ellos murieran lenta y agonizantemente, Mayweather maliciosamente soltó una barricada de insultos raciales y homofóbicos sobre Manny Pacquiao.

Hay un rayito de ironía en las diatribas de Mayweather. Aunque es ampliamente considerado el mejor boxeador de su generación, Mayweather no cree que recibe el crédito que se merece y se molesta ante la noción de que no siempre peleó contra la mejor competencia disponible.

Se ha sugerido que Mayweather ha sido víctima de prejuicio racial, y que si él hubiese sido un boxeador blanco o latino con el mismo récord en el ring (y como criminal), sería deleitado con admiración universal. Se lo dejo en las manos de los lectores para decidir cuánto crédito le dan a esa teoría, pero aún el fanático más fiel de Mayweather tendría que admitir que Floyd ha sido, con frecuencia, su peor enemigo en su cruzada por la adoración universal.

El reciente recorrido promocional de Mayweather con Canelo Álvarez posiblemente le hizo abrir los ojos un poco. Aunque la promoción fue un éxito y multitudes siguieron a los boxeadores en todos los puntos de visita, en muchos lugares la popularidad de Álvarez igualó o superó la de Mayweather.

El trasfondo ya está ahí, pero independientemente de que la tensión creada antes de la pelea eventualmente se torne con más sabor mexicano-versus-afroamericano, es difícil imaginar a Mayweather aguantando hasta el 14 de septiembre sin decir algo asombrosamente inapropiado. De hecho, muchos estarían decepcionados si no lo hace. Sin su insoportable "Money" persona, Mayweather sería casi tan aburrido como la mayoría de sus peleas.

Entonces, ¿por qué no someten al boxeo a las mismas reglas de etiqueta que al resto de la sociedad? ¿Cómo ha logrado permanecer tan magníficamente burdo en un periodo donde la sensibilidad está tan exaltada?

La respuesta es ambas, simple y compleja: aunque el boxeo existe en un universo paralelo donde la jactancia desenfrenada, el intercambio verbal de odio, los insultos raciales y la xenofobia son lugares comunes, hay una imperiosa contrapartida a toda la crudeza y comportamiento cuestionable.

En su modo muy peculiar, el boxeo es uno de los pocos baluartes de la honestidad restantes en el mundo de la hipocresía. Es una honestidad cruda y a veces brutal, pero honestidad al fin. No hay ambigüedades cuando suena la campana. A pesar de los malos emparejamientos, mal arbitraje y mezquinas anotaciones, la verdad, cualquiera que sea, se revelará en el transcurso de un combate.

Sí, el boxeo estira los límites del decoro a un punto no igualado en la zona de guerra, pero un insulto dirigido a un adversario probablemente será reciprocado cuando los golpes comiencen a volar. Además, el nocaut es el karma instantáneo del boxeo, un resultado inequívoco y completamente satisfactorio que rara vez se experimenta en la cotidianeidad. Es la realidad la que siembra respeto, una materia prima de mucho más valor que la fachada de civismo que gobierna la conducta más allá de la subcultura del boxeo profesional.

Su manifestación más obvia es el abrazo después del combate entre los peleadores quienes, solo unos segundos antes, estaban haciendo todo lo posible por dejar al otro inconsciente. Es un símbolo de camaradería nacida del conflicto, el abrazo del guerrero es el reconocimiento del hecho de que lo que han creado juntos importa tanto, sino más, de quien prevalece.

El boxeo invita a ambos participantes y observadores a formar parte de un ritual ancestral en la cual las convenciones se dejan de lado en búsqueda de una verdad más profunda. Algunas veces la encontramos, en otras, no. Pero si quieres unirte a su búsqueda, tienes que estar dispuesto a ensuciarte las manos.