BUENOS AIRES -- Alzó los brazos al cielo y las sesenta mil personas se pusieron de pie, para ovacionarlo. Terminaba de ganar por tercera vez el campeonato mundial de los pesos completos.
Alzó los brazos al cielo y sus pies se movieron al compás de su corazón. Una multitud de periodistas, por un momento, perdió toda objetividad para reír contagiados de su alegría.
Alzó los brazos al cielo y sus ojos buscaron una respuesta. Luego, lentamente, salió a la calle. No sabía si lo esperaba la cárcel o la comprensión de los humanos, pero sabía -eso sí- que no iba a traicionar sus convicciones. Una multitud cargó sobre él, entre los insultos de unos y el elogio de otros.
Muhammad Alí, el Más Grande.
De todas las frases hechas de las que estamos construidos los periodistas, habría que elegir alguna, aunque el camino más directo es decir que habrá un antes y un después de él. O, como dijo su admirado Jack Johnson -el primer campeón mundial negro de peso completo-: “Dios me hizo a mí y rompió el molde”.
Su padre era pintor de brocha gorda en Louisville, Kentucky. Ganaba aceptablemente, su familia no pasó hambre, pero su tendencia al alcohol se convirtió en pesadilla. Su esposa, Odessa, tuvo que ir buscarlo a alguna comisaría y -lo que es peor- también tuvo que ir para denunciarlo.
Cassius Marcellus nació en Louisville, Kentucky, el 17 de enero de 1942.
Se crió en esa mezcla de sangres y temperamentos. Su padre tenía sangre de esclavos afroamericanos; su madre, además, sumaba una cuota irlandesa. Entre el histrionismo del padre y la solidez de la madre, fue criándose el niño. “Caminaba todo el tiempo en puntas de pie y decía que iba a ser campeón”, contaba la madre. “Era distinto a todo el resto”.
Si a ese chico no le hubieran comprado una bicicleta, ¿Su historia podría haber sido otra?
Son fantasías de los periodistas adivinadores. Le compraron la bicicleta y una vez -según lo contó él- escuchó en una pequeña radio portátil colgada del manubrio, como anunciaban a “Rocky Marcianooooooo”, el campeón mundial de peso completo, y le gustó la idea, ¿Qué tal seria ser campeón del mundo? No pudo colgar más la radio del manubrio, porque le robaron la bicicleta. Y, cuando entró corriendo al gimnasio, para aprender boxeo y vengarse, el maestro de turno -un policía- le dijo que no era fácil aprender, así que empezó a enseñarle y Cassius ingresó a la ruta que conducía a su Destino.
Campeón Olímpico en Roma, 1960. Se baja del avión y recita un poema, “Como Cassius Conquistó Roma”.
Retador al campeonato mundial, 1963. Enfrenta a los periodistas y afirma: “Sonny Liston es un oso feo”.
Despojado de su campeonato del mundo y licencia de boxeador, 1969. “Soy el campeón del pueblo”
En algún lugar, ante algún micrófono: “Soy tan rápido que toco el botón de la luz y llego a la cama antes de que se apague”.
En algún lugar, ante algún micrófono: “George Foreman es tan malo que hizo guantes con su sombra y perdió”.
Si no hubiera sido por su lengua filosa, por sus frases de antología y por un descaro propio de los años 60 -el pop, The Beatles, la moda Courrèges, el vértigo del crecimiento de las Nuevas Artes-, también habría sido El Más Grande.
Se movía como un peso ligero, solamente el torso hacia atrás esquivaba los golpes, era veloz, inteligente, y bailaba como nunca antes lo había hecho un peso completo, a pesar de que medía 1,92 metro. “Es el ejemplar humano más bello de toda la historia”, dijo su médico personal, el cubano Ferdie Pacheco.
Se sabe la historia. Un grupo de blancos comenzó a financiarlo, y aunque se barajaron nombres como los de Archie Moore o Ray Robinson para entrenarlo, todo recayó en un italiano de risa fácil, modales suaves y sicólogo de la vida, Angelo Dundee (apellido falsamente irlandés, de cuando boxeaba, se llamaba Mirena)
“Antes de entrenarlo, vino a verme a la habitación del hotel en dónde estábamos con Willie Pastrano. Habló tanto que me convenció. Pero cuando lo puse frente a Willie, para probarlo, colmó el vaso. Era tan rápido que Pastrano se enojó conmigo. “Sácalo de aquí, Angelo, no lo puedo encontrar”, me dijo. Y entonces supe que era cosa seria…” (Pastrano era el campeón mundial de los medio pesados).
Se sabe la historia. Predecía los asaltos en los que iba a ganar. Se burlaba de Sonny Liston, lo provocaba. En Las Vegas, Sonny perdió la paciencia y sacó un revólver. “Seguí hablando y te mato”, dijo (el revolver era de juguete). Clay escapó gritando.
Porque era Clay, por entonces. Hasta que cuando le ganó a Sonny Liston, en 1964, en Miami, dijo que su nuevo nombre era Muhammad Alí, que era Musulmán Negro.
Que se sentía orgulloso de ser negro. Eran los tiempos en que había baños para blancos y baños para negros, eran los tiempos en los que campeones mundiales como Ray Robinson y Joe Louis, aun habiendo participado de la Segunda Guerra Mundial, no podían entrar a hoteles de blancos, ni a las cafeterías de blancos.
Esa fidelidad a sus principios le costó tres años sin boxear, sin título, nada, más cerca de la cárcel que del reconocimiento. Ese Muhammad Ali, el amigo de Malcom X, fue, sin duda, el momento clave de su biografía y su existencia.
“Clay es el apellido de esclavo, soy musulmán. Aquí todo es blanco, la Casa Blanca y hasta Blanca Nieves, soy orgulloso de ser negro”, dijo. Eran tiempos en que una diversión de algunos era linchar negros o incendiar sus iglesias.
Ese será su legado más impresionante.
En el ring, se sabe, perdió la corona por un trámite y dejó de ser el mismo, ya no podía bailar como antes, tuvo que pararse más y aceptar los golpes.
Entonces -tras ganarle a Oscar Bonavena en el Madison de Nueva York, en una pelea en la que el argentino le puso tanta leña al fuego de la promoción que Alì terminó admirándolo-, vino Joe Frazier.
Joe Frazier había sido campeón olímpico, poseía uno de los ganchos de izquierda más temibles de la historia, marchaba invicto, hablaba poco (y mal) y humeaba su cuerpo como una locomotora en plena carrera.
Así que cuando chocaron en el Madison (8 de marzo, 1971) La Ciudad que Nunca Duerme brilló como nunca en la noche. Frank (Sinatra, ¿quién sino?) sacó las fotos para Time. Cronista: Norman Mailer. En el ring side, Woody Allen, entre tantos. Comentarista para la televisión: Burt Lancaster. La pelea del siglo. Glamour. Los afroamericanos luciendo sus ropas más coloridas, libres de muchas bajezas, disfrutando de sus nuevos peinados. Y en el ring, los dos.
Ganó Joe, se sabe, tras derribar a Ali con una de sus tremendas izquierdas. Sí, se sabe la historia. Empezar de nuevo, la mandíbula rota por Ken Norton (esa noche utilizó por única vez la bata blanca que le regaló Elvis Presley con la inscripción EL CAMPEON DEL PUEBLO en la espalda).
1974: revancha con Joe Frazier, victoria -y pelea olvidables-. ¿Ya no es el mismo? Muchos creen que ya han visto todo.
1974: Norman Mailer corre con él por las mañanas por las calles de Kinsasha, Zaire, porque Alí va a disputar de nuevo el campeonato mundial frente a George Foreman y el escritor apuesta a que “algo va a salir de todo eso”.
Y sale, porque Ali, luego de aguantar los ataques de Foreman durante 6, 7 asaltos, lo noquea en el octavo. Un golpe de derecha perfecto. Foreman gira casi en el aire, mientras Alí gira al revés, torero, toro, faena completa, final, fanfarrias, felicidades, fiesta. Ali, un segundo antes del derrumbe, frena una última mano. La frena en el aire, sabe que no hace falta. Estocada a fondo.
“Alí buma ye”, (Alí, mátalo) grita la gente. Norman Mailer tiene su libro, que se llamará, sencillamente, “El Combate”. Y el boxeo tendrá, nuevamente, a su Rey. El Rey del Mundo, como escribirá David Remnick. O “El Quinto Beatle”, como lo bautizó George Plimpton.
“Tendrán que decir que fui el boxeador más bonito de la historia”. “Soy el más bonito, nunca dije que fuera el más inteligente”. “Yo/nosotros” (el poema más breve del mundo)
“Joe Frazier es un gorila y le voy a ganar”.
Sí, Joe Frazier se enoja. En realidad, ha sido más que una burla, un insulto racial entre hermanos de color. Frazier jamás se lo perdonará a Alí, que a esta altura tiene otros problemas. Ha conocido en Zaire a una bella modelo, Verónica, y si siempre ha sido infiel, ahora está enamorado. Y deberá enfrentar toda una crisis matrimonial, a fondo. Así que cuando le dicen que deberá pelear por tercera vez con Joe Frazier no piensa en el rival, sino en el pasaje de su nueva mujer, de sus amigos y de sus compañeros. Al mismo tiempo, Frazier dice, como siempre, muy poco.
“No me importa la bolsa. Solamente quiero devorarle el corazón”.
Alí viaja como un Rey. Frazier, como un guerrero. Alí cree que será una pelea más. Para Joe, es la pelea que no puede perder. Alí siente que esta vez será más fácil. Joe asume que, esta vez, será la definitiva.
Quezon City, cerca de Manila, Filipinas, primero de octubre de 1975.
“Era tanto el calor que tuve que ponerme una toalla helada en la cabeza todo el tiempo”, recuerda Ferdie Pacheco.
“Dios tiene que ayudarnos”, dice Bundini Brown, entre lágrimas, antes de subir al rincón de Ali, round por round.
“Esta es tu noche, Joe”, se dice Frazier a sí mismo.
“No puedo más”, musita Ali.
La pelea es más que dramática, es una lenta agonía, dos cuerpos empapados en transpiración, jadeantes, humeantes, rencorosos, afiebrados, golpeados, gimientes. Dos cuerpos, dos hombres, una batalla sorda, en medio de la hoguera. La temperatura en el ring supera los cuarenta grados.
Joe se ha preparado para la guerra y, sin embargo, siente el dolor en cada célula.
Alí se ha preparado para un nocaut rápido. Cuando comienza el quinto round, hay una sensación de derrota en todo su equipo.
En medio de ese ordenado caos, en medio de esa hoguera, dos hombres se enfrentan a sus destinos, en un choque carnal, cruel, apasionado y mudo.
Nadie sabrá nunca cómo y por qué llegaron al último round. Dos hombres jugándose el Destino: Angelo Dundee, Eddie Futch.
“No doy más, abandono, no puedo más”, dice Alí.
“Solamente te pido un favor: ponete de pie”, dice Dundee.
“Hasta aquí llegamos, campeón, hasta aquí llegamos”, dice Futch.
“Por Dios, jefe, deme un round más”, implora Joe.
Futch dice que la esquina abandona. Ali se pone de pie. La campana no ha llamado al 15to y último round. Ya no es necesaria: abandona Joe, Alí está de pie, para desplomarse -ya ganador- unos segundos después.
Ha sido la más tremenda batalla de la historia de los pesados.
“Estamos libres ahora, Joe”, dirá Alí.
“Miren cómo lo dejé”, dirá Joe, con los años y el rencor intacto.
1978. Ali alza los brazos al cielo. En el Superdome de Nueva Orleans, más de sesenta mil personas lo ovacionan, puesto que es el primero en lograr su tercera corona mundial de los pesados, tras vencer en la revancha a León Spkins.
1980. En sus 20 años como boxeador profesional, Muhammad Alí pierde por retiro ante Larry Holmes en el Caesars Palace de Las Vegas. “El jefe del rincón soy yo, y esta pelea no sigue”, ha dicho Dundee, algo parecido a lo que dijo Futch con Frazier.
La pelea fue anunciada como “El último hurra” Alí hizo una pelea más, la última, cuando ya era tarde. Ferdie Pacheco se había retirado del equipo porque, como médico, no quiso participar de semejantes esfuerzos. El 11 de diciembre de 1981 Alí perdió por puntos ante Trevor Berbick en Nassau Bahamas: 61 peleas, con 56 victorias (37 KO), 5 derrotas, una sola antes del límite, ante Larry Holmes. Cuando terminó esa pelea, Holmes, su ex sparring, le dijo: “Te quiero mucho, Ali”.
“Y entonces, ¿por qué me pegaste tanto?”, respondió Alì.
Frazier, Foreman, Vietnam, Los Beatles, Mailer, Sinatra, Fidel, Luna Park, Madison, La Reina de Inglaterra, las Pirámides, callejuelas de Kinshasa, Bonavena, Howard Cosell, la tapa de Esquire con las flechas clavadas, Laila, Liston.
Las fotos, desparramadas sobre una imaginaria mesa, no podrán, nunca, a pesar de todo, luchar contra los tiempos, y la leyenda puesto que Ali seguirá por siempre vivo.
El Más Grande.
