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¡Messi se iba porque sufría! ¿Y se queda para sufrir aún más?

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Messi dio los motivos por los que quería irse de Barcelona (1:29)

El 10 comunicó que se queda en el conjunto blaugrana y contó el dolor que le provocó tomar la decisión de mandar el burofax. (Fuente: GOAL) (1:29)

LOS ÁNGELES -- No pudo, no quiso, no supo, romper las cadenas. Lionel Messi se queda… exactamente por las mismas razones que debió haberse ido.

El drama, que llegó a tintes de comedia, termina en drama: Messi se queda. La revelación más brutal es esa: “sufrí mucho dentro de los entrenamientos, en los partidos y en el vestuario”, en las confesiones a Goal.com.

Debió ser un año traumático para Lionel. Ser infeliz y estar urgido, estar obligado a generar felicidad ajena. Fue infeliz, en el paraíso de esa felicidad infinita de jugar al futbol.

Un año que lo hizo sufrir la cancha. Y la competencia. Y la convivencia. Y sus compañeros. Y el fracaso anunciado. Y la incertidumbre. Y la impotencia. Quien no sepa leer este lamento entre líneas, necesita un lazarillo para sus neuronas.

La pregunta es penosamente implacable: entonces, ¿Messi se queda en Barcelona a sufrir otro año? Eso es irrefutable. Porque nada ha cambiado. ¿Alguien cree que Koeman, Coutinho, Trincao y demás etcéteras harán feliz a Messi?

Insisto, Leo se queda por los motivos que debió irse. ¿Se queda porque sufrió, para sufrir aún más? Un escenario de sadomasoquismo, porque ahora sabiendo que sufre, hará del sufrimiento una calamidad compartida.

En la entrevista con Goal.com, hay resignación, abnegación, desesperanza. Es una voz apagada de fe, pero encendida de claudicación y de renuncia. El multimillonario no puede escapar al yugo de 700 millones de euros.

Aclara que no querellará contra el Barcelona, su incubadora futbolística, y que no patea la cuna que le arrulló por 20 años. La gratitud es una colosal virtud, pero, la esclavitud por gratitud es la peor esclavitud.

En esa charla, asegura Messi que quería atreverse a nuevos horizontes. Se hartó de veranos sin Champions y de inviernos sin el Balón de Oro. El fracaso de Narciso duele más que el fracaso colectivo.

En una confusión absoluta. Messi se hastió de amar al Barcelona y de ser amado por Barcelona. Síndrome de infidelidad absoluta. Sabina lo recopiló perfectamente: “Porque el amor, cuando no muere, mata; porque amores que matan nunca mueren”. El Romeo argentino y la Julieta catalana, vulgarizados por el futbol.

¿Qué viene ahora? Tiempos difíciles. Lionel Messi puso ante el paredón a sus compañeros. Los irrespetó. La lectura es obvia. Él siente que no ganó nada, porque luchó solo, a solas. Hasta los tiburones necesitan de las rémoras, y hasta los leones necesitan de las hienas.

Afirma que hace un año le pidió ser liberado al presidente (Josep María Bartomeu) del Barcelona, porque sabía que el cataclismo aguardaba, aunque sin prever la fiereza y voracidad de un 8-2 ante el Bayern Múnich.

En la entrevista ejecuta públicamente a Bartomeu. Nunca lo cita por su apellido, sólo lo desprecia, lo repudia, al referirse a él con el apelativo administrativo: “el presidente que nunca me dio bola”. Lo crucifica por todos sus pecados capitales: le asesinó sus sueños, le robó sus ilusiones, le mintió cara a cara, y le arrebató su escape a la libertad.

Koeman ya ha sido advertido. Debe curar la infelicidad y el sufrimiento de un hombre que ha elegido ser infeliz y sufrir nuevamente. El holandés no sólo debe armar un equipo competitivo, sino que debe consumar un milagro futbolístico.

Koeman mismo debe preguntarse: ¿cuenta o no con Lionel Messi? El holandés ha perdido autoridad, y tiene entre sus manos a la sombra incierta del mejor futbolista de la actualidad. Si el argentino ya no rinde al nivel esperado, el técnico aparecerá como un inútil. Si el argentino rinde, queda claro, será, en el juicio público, a pesar de Koeman.

Los compañeros de Messi deben preguntarse: ¿se queda en realidad a ser el protagonista, el caudillo de este Barcelona, o se ha ido ya al limbo de la indiferencia? El mensaje de Lionel en esa entrevista es una epístola inconfundible de renuncia, de deserción.


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¿Y la afición? Messi la reconforta en esta charla con Rubén Uría. Al menos en el ritual inofensivo de las promesas obligadas.

“Voy a dar el máximo, daremos el máximo para luchar por todos los objetivos y ojalá se dé, y se pueda dedicar a la gente que lo ha pasado mal. Yo lo pasé mal en el año, pero es hipócrita decir eso si lo comparas con la gente que lo ha pasado mal de verdad con el virus, con la gente que ha perdido familiares y que ha perdido muchas cosas. Ojalá poder dar lo mejor y dedicar victorias a toda esa gente que nos acompaña desde arriba y a sus familiares”, declaró a Goal.com.

Ciertamente, Lionel Messi comienza una nueva cruzada. Será su año del adiós. El hasta nunca. El hijo pródigo de casas ajenas. Cada partido, cada plaza, cada visita a los coliseos de sus numerosas víctimas, será, sin duda, una prodigiosa despedida, un magnífico adiós.

Podemos estar seguros que incluso, en el Santiago Bernabéu, cuando posiblemente ya pueda regresar la gente a los estadios españoles, resplandecerán los pañuelos blancos. Así ocurre en la lealtad del futbol, hay verdugos que se visten de gala para los sepelios de sus víctimas.

Pero, todo puede pasar. En marzo se irá Bartomeu, posiblemente llegue un hombre de la égida de Joan Laporta, y con un nuevo horizonte, nuevas promesas, y una mayúscula oferta contractual hasta 2023, podría cambiar la historia y comenzar un nuevo idilio desde la silla suprema de Barcelona con Lionel Messi.

Ya después de eso, podrá emigrar feliz a la MLS, como se han comprometido Messi y Cristiano Ronaldo a David Beckham, para jugar en Miami a partir del 2023.

Pero, el final del drama tiene ese sello de preocupación, de desaliento, de incertidumbre, porque Messi se queda estrictamente en el Barcelona por los mismos motivos por los que debió irse.