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Aire de Nápoles, la ciudad que arropa al Chucky Lozano

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'Chucky' figura en el pesebre Napolitano (3:54)

El mexicano es la esperanza de los aficionados al Nápoles (3:54)

Gambeteando un poco la frenética actividad que tenemos durante las coberturas de ESPN, en este viaje de 4 días a Nápoles nos hicimos de algunos momentos libres para visitar varios rincones de la ciudad, que, desde su llegada, ha entrado en sintonía con Hirving Lozano.

La experiencia ha sido enriquecedora y divertida.

Partimos con una premisa, no ir al mar, no encandilarnos con la vista del golfo, evitar los maravillosos panoramas de la naturaleza, para tratar de “explorar” el paisaje humano de esta ciudad única.

Para esta “misión” lo primero era caminar sin rumbo fijo por “i vicoli” (las estrechas callejuelas que componen el laberinto de su centro histórico). En ellos, “i panni stesi” (la ropa tendida) interceptan aire y sol desmayadas sobre cordeles que atraviesan, a diferentes alturas, las callecitas, se ven como banderas de colores que anuncian una fiesta.

Cargados de historia, los viejos muros dejan ver sus cicatrices profundas (muchos las confunden con grietas) y un poco aquí, un poco allí, sorprenden al pasante con imágenes de “street art” que van desde el recuerdo emocionado por las gestas deportivas (más de tres décadas después, Maradona sigue siendo el protagonista principal) pasando por la actualidad hasta llegar a la filosofía: “Se la normalità è questa vita, allora Je sò pazzo” (Si la normalidad es esta vida, entonces yo estoy loco) advierten en letras negras, desde el borde de un portón.

Los pasos distraídos o los ojos curiosos, nos llevaron hasta una cafetería que es un santuario pagano para Diego Maradona: el café Nilo. Existe allí, junto a la máquina del café, una advocación Maradoniana delante de la cual los parroquianos piden la Gracia para que le vaya bien al Napoli. La pequeña capilla de cartón piedra presenta al centro una imagen del ídolo rodeado (o custodiado) de estampitas de Santos verdaderos (San Gennaro, San Giussepe Moscati, la Virgen con el Niño Jesús en brazos, una estatuilla del Papa Francesco asomado a un balcón. A todo ello se suma una pequeña foto de Eva Perón. Debajo de la imagen central de Maradona, una diminuta caja transparente expone, como una “reliquia”, un cabello enrulado del jugador, que según cuenta la leyenda, quedó atrapado en la bufanda de un “tifoso”, cuando este consiguió abrazarlo, a la salida del estadio San Paolo, después de una victoria importante.

En el café Nilo nos cuentan una historia que podría hacer luz sobre otro aspecto del alma de los Napolitanos (más allá del amor incondicional por Maradona). Se trata de una tradición, la del “café sospeso” (café pendiente) que se desarrolla de la siguiente manera: si un Napolitano ha tenido un buen día, ha recibido una buena noticia, o simplemente está contento, se toma un café, pero paga dos. Haciendo esto, está pagando un café para alguien (generalmente alguien que no está pasando por un buen momento económico) que durante la jornada se asomará a preguntar: “¿hay algún café pendiente?” De este modo el parroquiano que ha pagado siente que en realidad está invitando un café al mundo, porque en esa ocasión el mundo le sonríe.

Felices de conocer esa historia (y, por lo tanto, pagando un café pendiente) seguimos nuestro camino, acompañados por un enjambre de humanidad, hasta llegar a San Gregorio Armeno, allí a lo largo de unos 400 metros cobra vida una tradición centenaria, la del pesebre napolitano.

Cuando se arma el pesebre en Nápoles, además de las figuras del Niño Jesús, los pastores, los reyes, etc. Se colocan estatuillas de personajes muy populares en Nápoles, Italia, o el mundo. Naturalmente abundan las imágenes de artistas, políticos, cantantes y deportistas. La estatuilla del Chucky Lozano se puede encontrar en varios tamaños y precios.

Siempre caminando por el “quartiere” (barrio) San Lorenzo nos encontramos ante dos largas filas de personas, una era para comprar el famoso dulce de la tradición pastelera napolitana “o’ babà” (el babá), la otra para entrar en el Museo-Capella di Sansevero. Nos encolumnamos en la segunda, pues la posibilidad de ver la que, a juicio de muchos expertos, es una de las mayores obras maestras de la escultura mundial, no puede dejarse pasar por mucho que nos tienten los dulces.

El Cristo Velado (1773) obra del escultor napolitano Giussepe Sanmartino, ocupa el centro de la Capilla. El cuerpo de Cristo aparece acostado sobre un colchón que aparenta blandura, la cabeza apoyada sobre dos altos almohadones se recuesta levemente sobre la derecha, las piernas están unidas y con las rodillas ligeramente alzadas. El velo adhiere sutil al cuerpo, sus pliegues lo envuelven, lo protegen, pero su transparencia no nos evita la impresión que producen las heridas, y no impide que se sienta en el ambiente la penetrante frialdad de la muerte.

El sentimiento de piedad que produce ese cuerpo vacío de vida, deja paso poco a poco al estupor, a la maravilla, cuando se cae en la cuenta de que todo lo que vemos ha sido recabado con un cincel de un único bloque de mármol.

Turbados todavía por la potencia emotiva del Cristo Velado nos encaminábamos ya hacia el final de paseo, cuando encontramos lo que cabalmente puede ejemplificar el carácter, el modo de ser y la forma de afrontar la vida de los napolitanos.

Sobre un caballete de madera pobre, se apoya una tabla a modo de mesa, sobre ella varias decenas de pequeñas botellitas con tapa de corcho y por encima de esta, pegado a la pared un cartel con foto del golfo dominado por el Vesuvio, sobre la foto en grandes letras lo que se ofrece a la venta: “Aria di Napoli in bottiglia” (Aire de Nápoles en botella).

Dos o tres metros de camino necesité para caer en la cuenta de lo que el joven, que me miraba distraído, estaba vendiendo. Volví sobre mis pasos para releer el cartel, sonreí; el joven me sonrió.

-¿Cuánto cuesta? - le pregunté.

-Dos euros - fue la respuesta segura.

-¿Cómo se te ocurrió esta idea? Indagué, mientras buscaba el dinero.

-Está explicado en el cartoncillo que viene amarrado a la boca de la botella - dijo mientras me la alcanzaba.

Leí: “I napoletani cavano l’arte dal sole. Tutto è azzurro a Napoli, anche la malinconia. Il napoletano non chiede l’elemosina, ve la suggerisce” (Los napolitanos extraen el arte del sol. Todo es azul en Nápoles, incluso la melancolía. El napolitano no pide limosna, te lo sugiere)