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Finalmente, La Mano de D10s ya está en las manos de Dios

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Adiós Diego, hijo pródigo de Argentina. Tlatoani Carrera hace una radiografía de la leyenda (3:17)

Tlatoani Carrera hace un breve recuento de lo que fue Diego Armando Maradona, dentro y fuera de la cancha. (3:17)

LOS ÁNGELES -- Diego Armando Maradona tiene hoy más vida, que toda su muerte y todas sus memorias juntas. Porque conoció la eternidad antes de conocer la muerte. La perpetuidad es el primer beso reservado para las leyendas. Finalmente, la Mano de D10s está ya en las manos de Dios.

El certificado de defunción tiene una fecha, equivocada, por cierto: 25 de noviembre de 2020. Equivocada, porque no ha muerto. La inmortalidad es un don divino para quienes se adueñan de la pasión absoluta de su universo. Y El Pelusa lo hizo. Con la simpleza rudimentaria de un balón de futbol estremeció al mundo. Le provocó ese llanto extremo de la felicidad extrema, de ese éxtasis que sólo enjuga el alma.

Paro cardiorrespiratorio. A los 60 años. El corazón se detuvo. Sí, el de ese personaje inmortal que atenazó, que contuvo, que detuvo los corazones de millones de mortales, durante segundos, aquel mediodía en el Estadio Azteca, aquella cabalgata implacable, victoriosa, mientras yacían a sus pies los cadáveres de seis guardias ingleses de la Reina, para condecorar al preciosismo del futbol con el gol más cautivante, más hermoso, de todas las Copas del Mundo.

Nació en Villa Fiorito. Hablar de miseria y hambre en ese entorno, es enternecer innecesariamente un estremecedor relato de una vida protagonizada con lucha constante, con bronca, con sangre, con sudor, con lágrimas, con fuego. En la vida de Diego esas cursilerías estallan como insultos. Él mismo lo dijo en Coapa, durante el Mundial de 1986: “La única hambre que he tenido siempre, es de pelota, hambre de ganar. Esa no me la quita nadie. La otra, me la aplacaban mis viejos”.

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El gobierno argentino ha decretado tres días de duelo nacional. Insuficientes para tantos años de júbilo mundial. Insuficientes para una herida abierta en ese corazón angustiado de tangos en cada argentino. Insuficientes para un jirón del alma arrebatado a cada aficionado en el mundo que lo vio jugar. Insuficientes. Con esa ofrenda no se le paga a Diego ni la canallada fascinante, esa, la del granuja de la cancha, esa, la mano en el primer gol a Inglaterra. Hay pillos con el alma noble o con el puño noble del reivindicador.

Es un relato recurrente. Ese día en el Estadio Azteca, ese día en que Diego aniquiló a la armada inglesa, estuve en el palco de prensa. Detrás de mi, la comitiva de El Gráfico. Había tanta sabiduría literaria para describir y escribir sobre Maradona. Eran mis maestros por correspondencia: en un kiosco de la Zona Rosa de la Ciudad de México, llegaba mi folleto educativo, cada semana aprendía de ellos. Héctor Onésime, Cherquis Bialo, Juvenal, Natalio Gorín.

Ese día, cuando Maradona emprende la embestida entre los intentos de asesinato de los ingleses, a mis espaldas crecía histéricamente, en coro, un grito que me consternaba: “Hijo de puta, hijo de puta”. Así, creciendo, en alarido, hasta que Maradona envía una esquela al Palacio de Buckingham en el buzón de la red. A mi lado estaba el hoy relator Andrés Cantor, corresponsal entonces de El Gráfico en Estados Unidos. Y después de que terminan las consternadoras ondas expansivas de la explosión magistral de Diego, le pregunto qué pasa, porqué los insultos. Sí, Cantor también tenía lágrimas en los ojos, cuando me explica: “En Argentina así decimos también de pura admiración… y éste (Maradona) es un hijo de puta”.

Sí, Diego lo era. Lo fue siempre con la pelota en los pies. Lo fue en Argentina; lo fue en España hasta que la guadaña de Andoni Goikoetxea le pulverizó el tobillo. Y en Italia convirtió a la oprimida región y al reprimido equipo de Nápoles en la Cenicienta de Europa. Diego siempre fue todo eso. Haciendo campeón a Argentina en el Mundial de México, y casi lisiado, por una lesión en el tobillo, la llevó a la Final en el Mundial de Italia, donde se atravesó, sospechosamente, Edgardo Codesal, coludido entonces su suegro, Javier Arriaga, con Joao Havelange y Joseph Blatter. “Argentina no debía ser campeón”, confesaría años después Julio Grondona, en el Cotton Bowl de Dallas, durante el Mundial de Estados Unidos.

Ese mismo Mundial, los buitres de Zurich estaban listos para asolar y despedazar a Diego, quien ya había encendido la alarma con positivo por dopaje el 17 de marzo de 1991, tras un Napoli contra Bari. La sentencia fue de 15 meses de suspensión. La venganza por tantas acusaciones lanzadas contra Havelange y Blatter era un contubernio casi perfectamente elaborado por la ingeniería cetrera de FIFA.

Ocurrió en el juego ante Nigeria. 25 de junio de 1994. Fue a buscarlo al campo de juego la doctora Sue Carpenter, “La Viuda Blanca”, como la adoptó Argentina, para llevarlo al laboratorio antidopaje. Un desfile dantesco, morboso. Ella apacible, sonriente, sin saber de la trama infame de la que era un instrumento. El Pelusa eufórico. Y Grondona preocupado. La muestra de orina era un cóctel de sustancias prohibidas: efedrina, norefedrina, pseudoefedrina, norpseudoefedrina y metaefedrina.

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Intentó regresar a las canchas. Sus rodillas, su organismo, su hinchazón por los abusos, ya no se lo permitieron, aunque el talento le permitía hacer aún esas magníficas travesuras con su leal y obeso escudero, el balón. Ensayó después desde el banquillo. Llegó a dirigir a Argentina, pero fue otro más de los entrenadores que fracasó en hacer explotar a Lionel Messi con la albiceleste. Acusaría después a Carlos Salvador Bilardo y a Julio Grondona de sabotear su trabajo con la albiceleste, y los denigraría como traidores.

Cierto, hay muchas otras historias. Historias oscuras. Tétricas incluso. Historias de un ser humano esclavizado por las arpías despiadadas que rodean a los triunfadores. Historias de droga, de abusos, de crisis familiares, de infidelidad, de corrupción, historias, pues, de un hombre que se deslizó casi narcotizado en el tobogán de su propia fama.

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Pero, recapitularlas para qué. Diego Maradona el hombre, se las llevará consigo, como esqueletos infaltables en la tumba de cualquier ser humano. Porque hoy es tiempo de ocuparse en engalanar al otro Diego Maradona, al genio, al artista, al guerrero, al niño sin hambre dentro del hombre hambriento.

Porque, reitero, Diego Armando Maradona tiene hoy más vida, que toda su muerte y todas sus memorias juntas. Porque conoció la eternidad antes de conocer la muerte. La perpetuidad es el primer beso reservado para las leyendas. Finalmente, la Mano de D10s está ya en las manos de Dios.