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Éste, el Clásico de los Intrusos

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Reportaje Especial: Duelo de defensas en el Clásico Nacional (2:01)

América y Chivas presentaran dos realidades distintas en sus zagas, mismo que podría influir en el marcador. (2:01)

LOS ÁNGELES -- Ni carne de su carne. Ni sangre de su sangre. Apenas tres o cuatro jugadores tienen sangre legítima. Sangre de El Nido o del Rebaño. Éste, el de Chivas contra América, es ya el Clásico de los Intrusos.

Rivalidad descastada, desarraigada, pero que gracias a la bellísima ecuación dramática del futbol y del fanatismo, no caduca. Este Chivas contra América sobrevive hasta a sus propios Caballos de Troya.

Y resulta que el principal animador es un polizón: Miguel Herrera, quien agita dos banderas en un acto engreído de bravucón. Una, la del #FueraPiojo. La otra la del #ÓdiameMás. Hábil pirómano de incendios mediáticos, los vientos en contra le ayudarán con semejantes lemas, a enriquecer la arenga este sábado.

Pero, insisto: ni carne de su carne, ni sangre de su sangre. Guillermo Ochoa se volvió pacifista para hablar del Clásico, mientras que Jorge Sánchez y el Oso González balbucean apenas, en tanto que Sebastián Córdova -extraviado- eligió las tentaciones de minifalda y tatuajes.

¿Y Chivas? La portería, con dos chivatos de manos tembeleques, mientras Fernando Beltrán debería poner orden, y José Juan Macías es demasiado políticamente correcto, para encender la antorcha e incendiar la tregua. Niños bien, pues.

Uriel Antuna asegura que busca que sus compañeros le bosquejen lo que es un Clásico ante el América. Con su oso de felpa y en mameluco, Antuna espera un cuento de hadas. Hay problemas en Chivas, cuando uno de sus futbolistas más caros saborea con mayor fruición un vodka sabor tamarindo, que la víspera de una guerra de clanes. Primer soldado caído en el Rebaño.

Sería entendible que los futbolistas extranjeros del América pidieran referencias de un Clásico contra Chivas. Porque así, de momento, deben estar atolondrados. La silueta del rival está jorobada, agobiada. El Guadalajara lleva años como protagonista rampante de la mediocridad.

Entonces, se preguntarán en El Nido, ¿hay que temer y respetar a un equipo con casi tres años sin Liguilla, y en el que sus bajas más sensibles y sus relumbrones mediáticos son por la parranda y la indisciplina?

Ellos, los extranjeros de las Águilas, tienen una ventaja. Miguel Herrera les dará un curso intensivo de antichivismo. Va a apretarles las gónadas, emocionalmente, claro, y va a asestarles tremendos varapalos en el lomo, con esas banderas oportunistas del #FueraPiojo y el #ÓdiameMás.

Víctor Manuel Vucetich deberá ser cauteloso. Sus jugadores han demostrado ser muy sensibles, delicados, con piel de cebolla, y que lejos de exaltarse ante la fascinación del reto, corren el riesgo de refugiarse en el anonimato cómplice de la cancha.

A estas Chivas descastadas se les da más zurcir calcetines que calar bayonetas. Le vendría bien a Vucetich un trozo de Arjona: “Para casarte busca un arquitecto; para hacer el amor (en este caso la guerra), un desalmado”. En el vestidor rojiblanco empuñan el secador de pelo.

Apasionado por el Atlas, pero apóstol de sus intereses y habilidades, Jorge Vergara entendió siempre que estaba en sus manos transformar a los que eternizó como “niños caguengues” en auténticos guerreros en la cancha. Trató de contagiarlos de esa imprescindible rabia de ganar.

Vergara salió a la cancha antes que ellos. Abofeteó con desplegados, se los restregó en la cara, y se burló a través de ellos. No sólo se mofó del América, sino de todos. Vergara era un pendenciero de la mercadotecnia, y sólo marginó ese maravilloso arte del bullying deportivo debido a los lloriqueos de Jesús Martínez en la asamblea de dueños.

Ahora por Chivas hay silencio. Apuestitas sin jiribilla. Avergonzadas deben estar las leyendas rojiblancas, y no hablo del que se bautizó así con desparpajo y que vegeta en el Galaxy de Los Ángeles. Hablo de Tigre Sepúlveda, de Héctor Hernández, y por supuesto los entrañables Tubo Gómez y el Willy Gómez.

1.- Veamos. El Tigre Sepúlveda se fue expulsado. Se quitó la camiseta y la extendió en el centro de la cancha. Volteó hacia el americanismo y le espetó: “Con esa (con la pura camiseta) tienen, cabrones”.

2.- El Tubo Gómez ponía nerviosos a los americanistas desde que salían a la cancha, los retaba y terminaban amenazándolo. Alguna vez lo esperaron en jauría afuera del estadio.

3.- El Willy Gómez, en una cancha enfangada, recetó cinco túneles seguidos a jugadores de América, y después les entregó el balón con un “ya me aburrieron”, y les dio la espalda.

Por América, hubo de lo mismo. Cristóbal Ortega envió una noche a cinco jugadores chivas lesionados, y recibió al final del torneo el trofeo como el jugador más limpio. Alfredo Tena, obseso del gimnasio, metía tremendos golpes con el hombro, mientras por abajo iba sobre la pelota.

¿Hoy? Nada. En este Clásico de Intrusos, se toman selfies antes de entrar a la cancha y se intercambian “likes” en redes sociales. Son tan afines, que se confunden de enemigo y con el enemigo. Antes que ganar la guerra, prefieren perder la memoria.

Tiempos hubo en que los protagonistas de un América contra Chivas dejaban hecho su testamento por si no volvían de la cancha. Hoy primero hacen fila en la balsa de los sobrevivientes.

¿Habrá futbol? Al menos que con eso compensen la falta de furor y osadía. Sería lamentable que terminaran festejando los tiros de esquina como su máxima proeza ofensiva, y lamentablemente puede ocurrir eso.

Miguel Herrera sabe que no puede perder, porque podría enfrentar un efecto dominó implacable, de cara a sus juegos contra Cruz Azul, Pumas y León. Quienes sobreviven en el marcador, sobreviven en la nómina cada quincena, y lo sabe El Piojo.

Vucetich sigue buscando ladrillos, donde sólo hay adobes. No tiene prisa, ni presión, ni devoción, ni desesperación, ni urgencia por ganar el Clásico. Un soporífero empate a piedra y lodo se olvidará si se mete al menos al repechaje.

Será pues un Clásico de Intrusos, porque América y Chivas se han quedado, sin carne de su carne, sin sangre de su sangre, y aparentemente sin las gónadas que alguna vez vestían de la gala bélica este tipo de enfrentamientos.