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Argentina Tri-tura a México; Néstor Araujo, con la piel de Judas

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Goleada de Argentina exhibe al Tri de Martino (1:10)

Amistoso Internacional (1:10)

LOS ÁNGELES -- Lautaro Martínez recibió tres regalos casi sospechosos de Néstor Araujo y embalsamó de oprobio e ignominia a la selección mexicana.

Gerardo “Tata” Martino pierde la endeble virginidad conkakafkiana del Tri y con el estigma del escándalo: 4-0. Paté-Tri-co.

Y mientras Araujo se ajustaba la zalea de Judas, Argentina se vistió con la piel de la bestia cebada de ansiedad. Paciente, astuta, agazapada. Esperando el error, la estulticia y en el primer tiempo encontró cuatro: tres de Araujo, víctima de una artritis reumatoide con gota y un manotazo absurdo de Carlos Salcedo.

¿Acaso la soberbia obsesión de Tata Martino por vencer a su Argentina terminó por asfixiar, por enervar, por poner nerviosos, presionados, tensos, asustados, a sus jugadores, incapaces la noche de martes de siquiera plantar rostro de dignidad en el Alomodome?

Ha sido, sin duda, la peor exhibición de una selección mexicana ante Argentina y, además, una de las versiones menos agraciadas de los albicelestes. Vaya, el Tri ni siquiera ensució los guantes de Andrada: ¡sólo un disparo a gol!

Y sí: 56 mil rostros desencajados en la tribuna y otros más en la banca de México, pasmados, estupefactos, más turbados de lo esperado, los de arriba y los de la cancha pasaron de la festividad previa al arrobado y embarazoso silencio: 4-0 en el marcador cenizo de desgracia del Alamodome al término del primer tiempo.

Ese facineroso fantasma de manufactura chilena en el templo del terror de Santa Clara, ese 7-0, empezó a deambular, chocarrero, en la perturbada fascinación masoquista de los mexicanos.

Un 4-0 en el primer tiempo y Andrada, el portero argentino, bostezaba y se tomaba selfies. La desgracia invitaba a su hermanastra la tragedia.

En México se dice que “quien juega por necesidad, pierde por obligación”. El Tata elucubró tanto en nombres y estrategia para enfrentar a su selección Argentina, que la perfección de su obra la arruinó la más imperfecta de sus líneas: esa zona central con Araujo y Salcedo.

Más allá de las calamidades de Araujo, en una noche espléndida para mostrar todas sus torpezas inconcebibles en un defensa central, México nunca fue capaz de encontrar orden, comunión, entendimiento, y si a esto se agrega una falta de personalidad, encabezada por un frágil, displicente y distraído Miguel Layún, se explica el dominio contestatario de los argentinos.

Ciertamente, la doble trinchera de Argentina, esperanzada al zarpazo brutal de los contraataques, subyugó cualquier sublevación mexicana. Acaso, un par de jugadas del “Tecatito” Corona y un par de intentos de Chucky Lozano alertaron a los argentinos.

Entre esa devoción, disciplina y lealtad a un esquema aventurero y esperanzado a la bayoneta de Lautaro, Argentina resolvió sin sobresaltos, encontró de manera súbita esa complicidad de alta traición del alelado y entumido Araujo, secundado por las distracciones de Salcedo.

Seguramente de Milán hablaron a Scaloni y pidieron el reposo para Lautaro, quien, para bendición de Araujo, abandonó la cancha y Dybalá –de salva—ocupó el sitio para la segunda mitad. Fue también un homenaje de piedad al Tata Martino.

Y si Lautaro se vio imponente con su tercia de dagas en el pecho de Ochoa, Tata Martino se vio impotente. No esperaba la deserción de sus defensas centrales. No una sino cuatro veces.

Con el 4-0 a cuestas, seguramente, el más florido, intenso, rabioso y retórico de los discursos del Tata confirmó su inutilidad en el segundo tiempo. México había acudido a su funeral en el primer tiempo. Para el segundo, el Tri apestaba a formol.

Insisto, la soberbia de Martino de trabajar por una jornada memorable ante su selección argentina pudo terminar por asfixiar a sus jugadores. Quiso la alegría personal y le robó la alegría en el vestuario a sus jugadores.

El sopapo es brutal, pero llega el momento de sacarle provecho. Por ejemplo, Araujo, debió vivir este martes por la noche su partido de despedida y el Tata Martino vivió su partido de bienvenida a la realidad voluble y surrealista de la selección mexicana.