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Ahora sí: abróchense los cinturones...

Héctor Huerta ESPN

“Sólo cuando baje la marea, sabremos

quién estaba nadando desnudo”.

Warren Buffet.

Como los niños cuando quieren andar como adultos, los directivos del futbol mexicano ya comienzan a dar sus primeros pasos para confeccionar la nueva realidad de los torneos post-pandemia.

No fue seguramente una tarea fácil acabar en una sola reunión digital con tres malos hábitos que estaban incrustados en el pequeño microcosmos de su tejido social. En la última junta de dueños decidieron que ya no habrá pagos en dólares, que cada jugador o entrenador pagará sus impuestos y que ningún club podrá mañosamente tener con un mismo jugador un doble o triple contrato salarial.

Gracias a la pandemia, el futbol mexicano decidió autorregularse para entrar en un nuevo orden administrativo que romperá con el viejo esquema lleno de vicios.

Pero aún con una más sana función administrativa, vendrá el asunto de los dineros. Ya seguramente sus cuentas bancarias se han adelgazado; su número de acreedores ha crecido; las posibilidades de contratar mejores futbolistas son mínimas porque al estrecharse su liquidez no podemos esperar que refuercen sus planteles con figuras nacionales o internacionales.

Ellos, que saben más de dinero que de futbol, hoy enfrentan una dura encrucijada: hacer más (o lo mismo) con menos. Han sido cuatro meses de muchos gastos y pocos ingresos.

No en balde el genio musical John Lennon decía que “la vida es lo que ocurre mientras estamos ocupados haciendo planes”.

Así nos encontró la pandemia. Sacudió todas las estructuras de más de 7 mil 500 millones de personas que habitamos este planeta. Rompió todos los esquemas de control no sólo en el futbol, sino en todos los ámbitos de la vida diaria. Alteró algo que es muy valioso pero que nunca le damos la importancia que merece: la normalidad.

Afectó al futbol, a la música, al espectáculo, al deporte de alto rendimiento, al obrero, al oficinista, al millonario, al sacerdote, al campesino, al banquero, al policía…

El coronavirus llegó para recordarnos a los integrantes de este planeta lo vulnerables que somos. Y está dejando una contundente lección: el mundo ya no es ni será el mismo.

“En los momentos de crisis”, dijo alguna vez Albert Einstein, “sólo la imaginación es más importante que el conocimiento”.

Nos esperan otros tiempos en la Liga MX. Ya de por sí habíamos dinamitado el orden natural del mundo futbolístico al abolir ascenso y descenso, al matar la Liga de Plata en un albazo (en plena pandemia), al no saber todavía cómo va a manejarse la nueva Liga de Expansión, al no haber limitado la multipropiedad, al permitir súbitos cambios de nombre y sede en perjuicio de la afición (en este caso la de Morelia) y varios etcéteras más.

Hoy se tendrá que jugar sin público, hacer los viajes en chárter, sin otros pasajeros que no sean los integrantes de cada equipo (un gasto más), pagar salarios activos o caídos y tratar de que los patrocinadores y las televisoras le sigan apostando a un negocio que volverá a crecer lento y en un mar de incertidumbre. Aunque sea el menor de los ingresos, hoy los clubes no tendrán tampoco taquillas ni esquilmos, que algo ayudaban en la preservación del negocio y en el colorido en las tribunas.

La calidad de antes, buena o mala, ya se conocía. La integración de los equipos post-pandemia, no será la misma. Hay que abrocharse los cinturones para, sentaditos frente al televisor, ver cuál es el nuevo rostro del futbol mexicano. Y saber quién se adapta mejor al cambio drástico que dejó en nuestras vidas el coronavirus.

El gran novelista francés Honoré de Balzac decía: “En las grandes crisis, el corazón se rompe o se curte”.