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¡Qué lindo debe ser, ser brasileño!

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Mexicanos presentes en 'el partido del Tri' en octavos (1:49)

Afición mexicana que compró sus boletos para el partido de octavos de final en donde podría estar la representación azteca, muestra su sentir por ver un duelo distinto al esperado. (1:49)

DOHA — ¡Qué lindo debe ser, ser brasileño! No por Ipanema y su garota. Ni por Pelé. Ni por Garrincha. Ni por Ronaldo y Ronaldinho. Ni por Neymar, Vinicius, Richarlison y Paquetá, los ejecutores impíos de Corea del Sur: 4-1, la noche de este lunes en el Estadio 974.

¡Qué lindo debe ser, ser brasileño! Y no sólo por el concierto inconcluso en la noche tibia de Doha, como si fuera un verano en Copacabana, y por esos asomos del que parecía extinto, el jogo bonito, para someter a unos sudcoreanos guerreros, de rabia y gallardía, con ese espíritu inextinguible de no darse por vencidos, ni cuando el árbitro es el albatros de la tragedia.

¡Qué lindo debe ser, ser brasileño! Y no sólo por llenar con ese arrullo sensual y constante en la tribuna, con esa cadencia de samba, un ritmo de muchas sangres, de muchas inspiraciones, y de un solo ritmo inconfundible.

¡Qué lindo debe ser, ser brasileño! Porqué se yerguen como Pentacampeonas vigentes y porque parecen encaminarse a la sexta guirnalda, y porque llevan prisa, porque quieren que esa sexta ofrenda alcance a decorar las sienes viejas, cansadas y enfermas, del mejor futbolista de la historia. Edson Arantes do Nascimento, hoy postrado y con la mezcla de síntomas queriendo sacarlo de la cancha eterna de la vida.

¡Qué lindo debe ser, ser brasileño! Porque no hay campeonatos manchados, ni por maletines atiborrados de dólares; o por negarse a ir al antidopaje en el Estadio Azteca; o por un gol fantasma en Wembley; o por enquistar la furia en Zidane y por llegar a España 82 con sus estrellas incriminadas en apuestas. No, lo de Brasil ha sido homenajeando al futbol, excepto, tal vez en EEUU ’94, un bochorno histórico para ellos y para los italianos. Ese día, en el Rose Bowl, asesinaron al futbol.

Este lunes, Brasil vulneró la muralla sudcoreana con asombrosa facilidad. Cierto, en el fondo, a veces sufre, y Corea del Sur lo respetó mucho y cuando tenía el epitafio con cuatro alcayatas ardientes, era demasiado tarde para desenterrar la hankumdo, esa espada coreana y sagrada.

Una fiesta sin duda, a excepción de la aversión de ver a Neymar generando futbol, como eje del concierto brasileño, pero su gol tener que finiquitarlo desde la dramática mancha del penalti, eso sí, con una dancita tan innecesaria, como abusiva, ante la extrañeza del arquero Kim Saung-Gyu.

Pero, los otros tres alaridos que regurgitaron burbujas de champaña fueron obra de solistas geniales metidos en una orquesta. Los goles Vinicius Jr. (7), Richarlison (‘29) y Paquetá (‘36), tuvieron el auspicio generoso de la inventiva, el atrevimiento, la astucia, el descaro, de hilvanar con hilo de seda, hasta maniatar a la defensa coreana.

Y Brasil se fue al reposo con el pase a Cuartos de Final al irse al descanso en el primer tiempo. El tema era seguir de fiesta. ¿Croacia, su rival en turno? Ya habrá tiempo para entretenerse a un equipo rudo, intenso, fuerte, agobiante, pero que empieza a pintar canas en el esfuerzo, con la estela subcampeona que aún viste orgullosa.

Y con esa pereza histórica, ese síndrome de perdonavidas, que a veces le juega en contra, el Scratch du Oro salió al segundo tiempo a retozar y ocasionalmente meterle soponcios a la humanidad trémula del portero Kim Saung-Gyu, quien se prodigó al menos media docena de veces, conteniendo, reteniendo o escupiendo, los ensayos de artillería de Brasil.

Ya anteriormente, a lo largo de los 70 minutos, había intentado Corea del Sur poner a prueba sus habilidades de francotirador. Habían quedado en soponcios para Allison, pero al minuto 70., en un rechace por el centro, Pal Seung-Ho, la pescó con un remate brutal, al ángulo superior izquierdo.

Salir de la modorra del desencanto, del aburrimiento, es más complicado que para un tartamudo repetir un trabalenguas. Pero al menos lo intentó, pero sólo para magnificar en el fondo la figura de Kim Saung-Gyu.

La samba había desaparecido en la tribuna. Corea del Sur aún pujaba, con más fe que posibilidades, al darse cuenta de los espasmos de arrepentimiento brasileño. Pero, el “han” ese espíritu coreano (arrepentimiento, rabia, rencor, luto, vergüenza) no fue ya suficiente.

Al final prevalece eso, aún con el sentimiento de insatisfacción plena, por la tacañería de los segundos 45 minutos. Pero, sin duda: ¡Qué lindo debe ser, ser brasileño!