Era como una escena sacada de la película "El día de la marmota", un patrón que hubiera hecho estremecer al personaje interpretado por Bill Murray. Afortunadamente, Sue Enquist no era Phil Connors.
Una y otra vez, Enquist, la ex entrenadora de softbol de la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA) y una de los grandes iconos del deporte, se sentaba en las salas de las casas de las mejores jugadoras de softbol de secundaria del país. Por casi tres décadas, Enquist dedicó su vida al reclutamiento de los mejores talentos para Westwood, un programa reconocido a menudo como el estándar por excelencia del softbol universitario. A lo largo de esos años, y en aquellas salas, conoció a todo tipo de niñas de diferentes orígenes con una amplia gama de habilidades. Sin embargo, un detalle era tan predecible como el irritante reloj despertador de Connors.
"Las atletas seleccionadas siempre querían mostrar su dormitorio, y al entrar a sus habitaciones siempre había santuarios dedicados a Lisa Fernández", señaló Enquist. "Y estamos hablando de las mejores jugadoras de secundaria del país, y todas contaban historias sobre la forma en que habían conocido a Lisa cuando estaban en sexto grado, y sus padres decían que habían aprendido a ser mejores padres gracias a Lisa".
Tal vez suene como algo poco lógico, pero comprender el legado de Fernández como jugadora de softbol es comprender su influencia fuera del diamante.
Fernández, quien ocupó el puesto n.º 7 entre las atletas hispanas más influyentes de todos los tiempos en una encuesta realizada por espnW y ESPN Deportes, es una estadounidense de primera generación. Su padre, Antonio, pasó su infancia en Cuba y jugó un tiempo como beisbolista semiprofesional antes de emigrar a los Estados Unidos a principios de la década de los 60. Emilia, la madre de Lisa, nació en Puerto Rico y llegó a Los Ángeles a fines de su adolescencia pasando por Nueva York. La pareja jugaba softbol de lanzamiento lento organizado, y solía llevar a sus partidos a su hija de dos años, Lisa, lo que despertó su interés en el deporte.
Para cuando Fernández llegó a la secundaria, ya había llamado la atención de universidades de prestigio que la querían como lanzadora y bateadora. Sin embargo, para Enquist, que estaba en su primer año como coentrenadora principal del equipo de softbol de la UCLA, era lo intangible de Fernández lo que la diferenciaba de las demás.
"Nunca he conocido a ningún entrenador ni jugador que sea capaz de visualizar el partido antes de que este se desarrolle de la forma en que lo hace Lisa", dijo Enquist. "Ella tenía esa curiosidad de entrenadora incluso siendo estudiante de primer año. Lisa podía sentir el cambio de ritmo; podía percibir las señales o los lanzamientos del oponente. Yo sabía como entrenadora que íbamos a capitalizar en esa habilidad. Ella es una verdadera estratega del juego".
Y para llegar a merecer la calificación de Enquist como la mejor jugadora de softbol de todos los tiempos, Fernández tenía que desarrollar todas sus habilidades intangibles. Fernández nunca ha sido la más alta entre sus amigas ni sus compañeras de equipo. Durante su adolescencia, hubo incluso algunos que llegaron a pensar que nunca iba a poder lanzar a nivel universitario porque no tenía la estatura ni la distancia de picheo de otras lanzadoras de élite.
Solo alcanzó los 5 pies 6 pulgadas, y su diminuta estatura significaba manos pequeñas, lo que obstaculizaba aún más su capacidad de agarrar y hacer girar una pelota de softbol. Pero no hay obstáculos que no pueda vencer un corazón. Y Enquist lo sabía.
En los cuatro años que Fernández pasó en la UCLA, puso a la Asociación Nacional Atlética Universitaria (National Collegiate Athletic Association, NCAA) al rojo vivo. Desde el círculo, desconcertaba a las bateadoras. Desde la caja de bateo, confundía a las lanzadoras. Recibió honores como primer equipo de All-American en cada una de sus cuatro temporadas y ayudó a las Bruins en dos campeonatos nacionales. En su temporada como estudiante de último año, Fernández lideró a la nación tanto en promedio de carreras limpias (Earned Run Average, ERA) (0,23) como en promedio de bateo (0,510).
Su dominio universitario le brindó la oportunidad de jugar para el Equipo de EE. UU., una plataforma desde la cual podía influir en las personas. Su primera Olimpiada fue en Atlanta en 1996, un momento muy emotivo para su familia, ya que Lisa vistió la camiseta de EE. UU. justamente cuando su padre acababa de convertirse en ciudadano estadounidense.
Fue también en esas Olimpiadas cuando Fernández se convirtió en una voz líder no solo de su deporte, sino de las atletas profesionales mujeres de todo el mundo. En ese momento el equipo de softbol de EE. UU. tenía patrocinios pero no permitía que sus jugadoras tuvieran representación individual. Así que cuando Fernández, que había firmado tanto con Louisville Slugger como con Reebok apenas salió de la universidad en 1994, comenzó a jugar para el equipo de EE. UU. que promocionaba Nike e Easton, se presentó un dilema muy publicitado.
Fernández y el agente Tom McCarthy (quien aún la representa hoy en día) tuvieron que luchar para que las atletas mujeres tuvieran patrocinios individuales, aunque jugaran en equipos que llevaran patrocinadores de la competencia.
"Para mí era importante luchar por intereses individuales, por lo menos cuando hacía actividades privadas, como clases o seminarios, para poder usar la ropa y el equipo con los que me sintiera cómoda", dijo Fernández. "Y luego, a una escala mayor, suponía una oportunidad para las mujeres que vinieran después de mí".
Casi al instante, durante las Olimpiadas de 1996, Fernández se convirtió en una celebridad estadounidense. Su ERA de 0,33 en Atlanta deslumbró a los aficionados. Era la primera de tres medallas de oro consecutivas que Fernández conseguiría posteriormente y ahora podía contar con sus propios patrocinios, un logro que repercutió en todos los estadounidenses.
Pero esto también le permitió enseñar valores esenciales de la cultura hispana que significaban mucho para ella.
"En la cultura hispana se juega y se vive con mucha pasión y mucho orgullo", dijo Fernández. "Y cuando salgo y le hablo a la gente, sé que no solamente me represento a mí, sino que represento a mis familias de puertorriqueños y cubanos, y me siento orgullosa de tener esa responsabilidad. Yo quiero representar a esas personas".
Enquist aprecia muchísimo esa pasión y ese orgullo.
"Lisa siempre ha estado disponible para su comunidad", añadió Enquist. "Ella es muy generosa de corazón. Ya sean políticos, atletas o corporaciones de EE. UU., nunca les ha dicho que no. Me gustaría que se le diera más publicidad a eso".
Quizá aquí radique la belleza de la influencia de Fernández. Tal vez su pequeña contextura sea el emblema de su gran propósito. Su humildad y baja estatura han impactado de manera significativa y duradera.
