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Otro fracaso de México, y Yon y Mikel de charlatanes en Roma

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Los chapines logran una histórica victoria y pelearán en semifinales por un boleto a los juegos olímpicos (1:34)

LOS ÁNGELES -- El fracaso. Ese hijo de nadie. Ese huérfano. El fracaso. Ése, que acobarda al más bravucón, que arrodilla al soberbio, que estigmatiza como imbécil a cualquier balandrón que en Roma perjura que: “Queremos comunicarle a Europa que México es uno de los mejores formadores de jugadores (del mundo)”.

Y mientras Mikel Arriola tenía semejante desliz irrisorio, neuronal y hormonal ante el futbol de Italia, en San Pedro Sula su selección Sub-20 sucumbía ante Guatemala. Y mientras el presidente de la Liga MX se hinchaba el buche de bravatas y mentiras, la selección del siempre “Luisito” Pérez y el futbol mexicano se quedaban sin Mundial Sub 20 y sin Juegos Olímpicos en París 2024.

El fracaso. Ese hijo bastardo, cuya paternidad nadie reclama. Ni los padres genéticos del engendro, como Yon de Luisa y Gerardo Torrado, quienes han patrocinado, vía su incapacidad e ineficiencia, fracasos en la Liga de las Naciones, en la Copa Oro, y en una eliminatoria insultante por la paupérrima calidad de futbol.

¡Ah!, pero ambos, Yon y Torrado, festejan un bronce olímpico, bastante tristón, aunque vitoreados, por supuesto, por el canallesco coro mediático de quienes les festejan los bochornos bajo la consigna del salario y el soborno del miedo.

Cierto, la culpa no es sólo de ellos. Ambos Yon y Torrado, toman decisiones dentro de la burbuja trémula de su inhabilidad, de su castrada capacidad y masculinidad, para manejar uno de los balompiés más poderosos, económicamente, del mundo, pero, también uno de los balompiés más corruptos y más estancados del mundo.

La riqueza del futbol mexicano sólo ha parido Nerones y Calígulas, pero ningún Julio César que convierta a una maquinaria con poder financiero, en una maquinaria con poder futbolístico.

Recursos hay, financieros y humanos, pero sin líderes, sin tipos audaces, inteligentes, y principalmente honestos. Yon, Torrado, bienvenidos al Paraíso de los Eunucos. Su nicho acojinado y acojonado los espera.

¿Quién le entregó la selección Sub-20 a “Luisito” –siempre “Luisito”– Pérez? Sí, Gerardo Torrado y la agenda de sus alegres compadres. ¿Nadie le recordó los bochornosos, casi criminales momentos en que se vio involucrado a causa de su alcoholismo? ¿Nadie se atrevió a recordarle los accidentes automovilísticos y los zafarranchos en los tugurios y burdeles de Monterrey?

Pero, insisto, no es sólo culpa de ellos, de Yon y Torrado, sino también de quien los protege, los mangonea, los ridiculiza, los fortalece, los empodera, los indulta, los mima, los blinda, desde ese enorme escritorio del valemadrismo desde el cual despacha Emilio Azcárraga Jean, más atento a sus cómicos que no hacen reír, a sus actricitas que no actúan, y a sus cantaticos que no cantan.

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Pero no son sólo Emilio, Yon y Arriola los que conducen, de manera magistral y con muñeca firme al futbol mexicano hacia reiterados fracasos. No, ellos son sólo las versiones autóctonamente mexicanas de Thelma y Louise rumbo al abismo. Tan o más responsables, tan o más culpables, son quienes desde sus ratoneras, desde sus escondrijos, desde los hoyos de sus terrores, no se atreven a cuestionarlos.

Recuérdese: los dueños de equipos son, estatutariamente, los dueños del futbol mexicano, los dueños de las selecciones nacionales, son los dueños de este producto que han permitido les arrebaten, lo corrompan, lo deterioren, lo escupan, y lo engusanen los tres tipos mencionados.

Sí, porque los dueños de equipos tienen derecho a voz y a voto. Porque ellos tienen el poder, insisto, estatutariamente. Pero, esa voz habla con miedo, y ese voto, vota con miedo. Desde el Salón Oval de Televisa les extirparon el cerebro, el corazón y las gónadas.

Porque ellos también han sido emasculados moral, neuronal, emocional y físicamente. Ya no hay tipos que levanten la voz. Ya no hay un Jorge Vergara, y a Jesús Martínez lo silenciaron canallescamente con el #TuzoGate, y advirtiéndole que está listo el #TuzoGate2 y el #PanzaVerdeGate, por si su junior se quiere poner al brinco. ¿El resto? ¡Ja! Son aterrorizadas pilmamas de promotores.

¿Alejandro Irarragorri? Él ha elegido bien. Colocarse del lado del poder sin subyugarse al poder, sino capitalizando los hilos sueltos del poder. Él, pacientemente, agrega al Sporting de Gijón a sus dominios, y contrata un diseñador de interiores y un exterminador de plagas, para cuando tome posesión de la oficina presidencial de la FMF en 2023.

¡Ah! ¿Y los poderosísimos, atrevidos, irreductibles, esos, los adalides del futbol en Monterrey? Ellos sólo quieren un cabrito cada fin de semana en Apodaca o en Harlingen, y engatusar a la noble y manipulable feligresía regiomontana. ¿Rebelarse ellos? Las botas puntiagudas y el cinto piteado son el disfraz de su pusilanimidad.

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Lo cierto es que ya los ratoncitos del futbol mexicano no sólo visten de verde, sino también de cuello blanco, agazapados en sus madrigueras, dispuestos al circo en cuanto su majestad televisiva les pide que se vistan de bufones y salgan con panderetas, a la danza de la sumisión y el ridículo.

¿Cuánto pierde México con esta eliminación? Una generación errante de jugadores. Fracasos de esta dimensión estigmatizan de por vida al futbolista, quien queda solo, náufrago, abandonado, repudiado, apostado. Se convierten en leprosos del fracaso propio, por el fracaso ajeno.

Recuérdese, en México está tan prohibido el triunfo como la derrota. ¿Pruebas? ¿Qué ocurrió con los campeones Sub-17? Los abandonaron, los dejaron expuestos a las garras virulentas de inescrupulosos promotores, o de padres de familia, que se pensaron promotores y terminaron arruinando las carreras de sus hijos. Así, el mexicano queda aterrado ante el reto, porque no sabe si es más temible el fracaso o el éxito. Los dos, al final, se convierten en una trampa.

¿Y ahora? No es complicado tomar decisiones drásticas, y no hablo de las renuncias que Yon de Luisa y Gerardo Torrado debían haber puesto ya en la mesa, no hoy, no ayer, sino desde las cuatro veces que Estados Unidos se burló socarronamente de la Selección Mexicana.

Decisiones drásticas, esas que, claro, hay que tener mucha valentía, mucha devoción, mucho compromiso, mucha filantropía, mucha honestidad, mucho conocimiento y mucha autoridad para llevarlas a cabo. Es decir, parece imposible.

1.- Reducir el número de futbolistas extranjeros. Cortar de tajo, sin burocracias timoratas. Cinco por equipo y cuatro en la cancha simultáneamente, y que esos cinco hayan pertenecido al menos a una selección nacional de su país.

2.- Reducir a 16 el número de equipos en Primera División y restablecer el Ascenso y el Descenso.

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3.- Crear una genuina Comisión de Futbol, no conformada por dedazos, por serviles, por advenedizos, sino gente con cicatrices legítimas en una banca y en una cancha de futbol; y que se elija a gente capacitada al frente de las selecciones nacionales, no a improvisados ni a sus compadres.

4.- Que se cumplan los estatutos y que no existan morosos con entrenadores o jugadores o administrativos sin salarios al corriente, como ocurre con Juárez, Querétaro y Tijuana.

Pero, nada pasará. Vendrán Yon, Mikel y Torrado con discursos pacifistas, promesas que no cumplirán, y si bien no embaucarán a todos, ya tendrán sus incondicionales, en sus privilegiados balcones mediáticos, para que desaten las fanfarrias, para festejar, sí, el nuevo fracaso.

Permítaseme retomar de nuevo a Juan Rulfo en su bellísimo cuento Diles que no me Maten: “Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar, está muerta”.