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El legado de Diego Maradona: Postales desde Quilmes, Uruguay, Sevilla y Seúl

Ballena a la vista, algo más grande que Maradona apareció de repente en el mar. Archivo

"Tenés que escribir sobre Diego, sos el único de todos nosotros que lo vio jugar en Argentinos, que lo conoció, que estuvo con él".

El jueves pasado mis compañeros de ESPN.com, a través del zoom de la reunión editorial más triste e inesperada desde que comenzó la pandemia, me alentaban a que escriba sobre Diego. "Vamos a escribir todos y vos sos el único que compartió alguna vivencia con él, que conversó, que lo tuvo frente a frente".

El dudoso mérito de nacer antes que ellos y la fortuna de haber trabajado como fotógrafo en la revista El Gráfico desde los años ochenta me dieron, es cierto, esa inolvidable experiencia que señalaban ahora mis compañeros.

Y sí, lo conocí. Primero como muchos, desde los tablones de madera de la vieja cancha de Quilmes, mi cuadro. Diego jugó tres partidos en esa cancha con Argentinos Juniors y yo estuve en dos. Uno se convirtió en leyenda para los quilmeños. Fue la tarde en que lo marcó Abel Moralejo y, sin hacerle un foul, no dejó que tocara la pelota. Ganó Quilmes 3-0. Todavía Diego no era del todo Diego en ese entonces. Menotti lo había dejado afuera del Mundial un año atrás y faltaban algunos meses para que brillara en el juvenil de Japón que veríamos íntegro con mi padre, despertándonos religiosamente a las 5 de la mañana. El otro fue en el Metropolitano de 1980. Ganó Quilmes 1-0, Diego jugó muy bien y pudimos ser testigos del relumbrón de su arte. En total, Maradona enfrentó seis veces a Quilmes -que pasaba en ese entonces por los mejores momentos de su historia- siempre jugando para Argentinos, y nunca le pudo ganar. Empató tres y perdió tres. Nos hizo un gol de penal. Los años en que jugó en Boca y en Newell’s, Quilmes no estuvo en Primera.

En 1982 empecé a trabajar en la editorial Atlántida. Mi objetivo era ser fotógrafo de El Gráfico, pero para lograrlo había que pagar el derecho de piso haciendo las peores notas, las que nadie quería hacer. Las peores de las peores, la basura de la basura. Eran las notas que encargaba la revista Gente, que se hacía en la misma editorial. Y las peores de todas las notas eran las guardias a Maradona cuando Diego, que ya jugaba en Europa, viajaba a Buenos Aires por un par de días o semanas en plan descanso, aunque nunca descansaba y casi siempre terminaba mal. Me tocaron un montón de esas guardias inútiles en las que me convertía en una especie de soldado mercenario al servicio del periodismo amarillo, persiguiendo a un Diego que vaya que se daba permiso para ulular. Me sentía un cobarde enemigo de Maradona.

Por suerte, años más tarde pude estar cerca del hombre en circunstancias mejores, civilizadas, que me permitieron vivir unos cuantos momentos inolvidables. Mi mayor acercamiento a Diego coincidió con un largo período de distanciamiento y enojo que él llevaba con El Gráfico por el tratamiento que la revista había dado a los episodios de la calle Franklin. Sin embargo, al mismo tiempo recibía en su intimidad a Daniel Arcucci, gran amigo, compadre y de quien en ese tiempo me convertí en fotógrafo full time para la cuestión Diego Armando. Estábamos todo el día con Diego. No nos daba una entrevista formal pero nos dejaba estar. Nos dejaba contar también, esa era la idea. Y por supuesto al principio retaceaba las fotos pero casi siempre terminaba proponiendo variantes superadoras para que no me faltase material.

Es inútil que pretenda describir su carisma, su inteligencia, su humor, su hospitalidad. Pero en aquellos años disfruté de todas y cada una de esas virtudes de Diego y viví algunas situaciones puntualmente inolvidables.

  • Un plácido día de pesca en Punta del Este, en una lancha a la que Arcucci y yo abordamos literalmente de un salto cuando ya no tenía amarra porque había sido un plan de último momento y tardaron en avisarnos. Nos pasamos un montón de horas en esa lancha, en medio del océano, con Diego, su cuñado y unas pocas personas más tomando mate, contando anécdotas, pasándola muy bien. Se suponía que ese era mi trabajo. Para coronar la jornada, cuando ya pegábamos la vuelta apareció una ballena a unos cincuenta metros de la lancha. La divisó un tripulante. Diego quedó maravillado, propuso que nos acercáramos lo máximo posible y me pidió que le sacara una foto en la que de fondo se viera la ballena. No es muy habitual para un fotógrafo tener el visor de la cámara a Diego Maradona y una ballena.

  • Aquella vez en Sevilla, donde estuvimos esperando durante varios días que se concretara el pase desde Napoli. El trámite se demoraba y Bilardo, que empezaba a preocuparse porque Diego se pusiera de mal humor y todo se complicara, organizó un picadito en la cancha de entrenamiento del club para mantener ocupado al astro. Convocó al Cholo Simeone, al canchero del club, al hijo del canchero que jugaba en zapatos y a un par de periodistas entre los que estábamos Arcucci y yo. Y a Diego por supuesto. Con algún circunstancial paisano que andaba por ahí daba para armar un cinco contra cinco. Yo quedé en el equipo del Cholito, en contra de Diego. Hicimos los arcos con los buzos y los bolsos. En un momento Diego salió jugando desde su arco, yo salí a marcarlo y por alguna cuestión inexplicable le saqué la pelota y quedé sólo frente al arco. No lo grité. Lo filmó Nuevediario y lo pasó esa noche por TV para toda la Argentina.

  • Pero mi mejor momento con Diego fue en Seúl y duró un agitado día entero. Habíamos viajado a Corea del Sur en una reducida comitiva. Allí esperaríamos la llegada del equipo de Boca para jugar un amistoso contra la selección local. Diego se volvería a poner la camiseta de la franja amarilla después de 14 años. Pero mientras tanto no había mucho para hacer. Recuerdo que fuimos de compras a un centro comercial en el que Diego quería comprar auriculares y un karaoke para sus hijas. Entramos a una disquería y se compró una ecléctica pila de CD’s. Se quedó un rato mirando a Jim Morrison posando para su clásico retrato de la tapa de los Doors y nos comentó: "era un genio este, no lo entendían. Por eso se mató". Y volvió a acomodarlo prolijamente en la batea. No lo compró. Regresamos al hotel y nos convidó un almuerzo. Yo no hablaba mucho en esas circunstancias y se ve que eso a Diego le llamó la atención, entonces, ya con el café y por pura gentileza, me preguntó si me gustaba el fútbol. Le contesté que me encantaba y me preguntó de qué cuadro era. De Quilmes, le dije. "Yo jugué algunas veces con Argentinos contra Quilmes, siempre nos costaban esos partidos", me confió. Y comentamos algunas alternativas de aquellos encuentros de hacía tantos años que yo había presenciado y él jugado. Más tarde pasamos largamente por el sauna del hotel -una hedonista tradición coreana- y a la noche, durante la comida, a Diego se le ocurrió teñirse una franja amarilla en el pelo, le pareció lo más adecuado para la ocasión de volver a jugar en Boca. Le encomendó a Coppola la misión de conseguir esa misma noche una buena peluquería para tal fin. Tras arduas gestiones, Guillermo consiguió que abrieran a medianoche la peluquería Gioggia, reducto de la vanguardia artística de la ciudad. Y hacia allí partimos con total naturalidad, para que Diego se tiña la franja amarilla de la que el mundo entero hablaría al otro día.

Les aseguro, queridos compañeros de ESPN.com, que estaban buenos aquellos días.

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