<
>

Algo que quizá no sabías de Jim Brown

Con el balón, en Cleveland Getty Images

Fui ocho veces campeón corredor de la NFL, en mis nueve temporadas con los Browns. Me premiaron con nueve viajes al Pro Bowl, ocho selecciones al equipo titular All Pro, tres nombramientos como Jugador Más Valioso de la liga y un lugar en el Salón de la Fama. Mi nombre es Jim Brown, y muchos me consideran el mejor jugador de cualquier posición en la historia del fútbol americano.

Existe, sin embargo, un logro que tal vez pocos conozcan de mí.

No sucedió frente a las tribunas de un estadio, sino frente a las cámaras de Hollywood.

Esta es la hazaña que no figura en los libros de récords: yo fui el primer afroamericano en protagonizar una escena erótica interracial, en una pantalla del cine estadounidense.

Dicen que los actores famosos sueñan con ser estrellas del deporte, y las estrellas del deporte sueñan con ser actores. En mi caso, nunca había considerado seriamente la posibilidad del cine antes del Pro Bowl de 1964, que se jugó en Los Angeles. Allí, un amigo del estudio 20th Century Fox me propuso participar en la película "Río Conchos". Le aclaré que no sabía actuar, pero me insistió en que lo intentara de todas maneras.

Tuve la suerte de que el director del film fuera Gordon Douglas. Si hubiera caído en manos de esa mala gente que abunda en la industria del celuloide, mi carrera como actor seguramente habría muerto al nacer. Douglas, en cambio, guió mis primeros pasos; me ayudó a relajarme, me enseñó trucos... y me sacó adelante.

La histórica escena de sexo llegó cinco años después. Luego de "Río Conchos" actué en otras películas como "The Dirty Dozen", "Ice Station Zebra" y "The Split", y en 1969 me ofrecieron protagonizar "100 Rifles", con Raquel Welch.

La trama transcurría en México de principios de siglo. Yo era un vigilante de Arizona que cruzaba la frontera para recuperar el dinero robado a un banco estadounidense por Yaqui Joe Herrera, pero terminaba aliado con Herrera, al enterarme de que los dólares sustraídos eran para armar a su gente en contra de un gobierno opresor, liderado por el General Verdugo.

Burt Reynolds era Yaqui Joe, y Fernando Lamas era Verdugo. Raquel hacía el papel de Sarita, una sensual revolucionaria. En el momento crítico de la historia, ella se daba una ducha pública en un tren militar, frente a la mirada lasciva de los soldados de Verdugo, y nosotros aprovechábamos la distracción para asaltar el vehículo.

La escena de amor sucedía mucho antes, en la habitación de una casa del pueblo. Raquel era sexy, exótica y constantemente aparecía en portadas de revistas, pero yo no me sentía demasiado atraído hacia ella. A mí me gustaban las mujeres flacas, de pechos pequeños, y ella tenía esos enormes senos, esas anchas caderas, esos dientes enormes. Era menudita, pero su imponente presencia la hacía parecer alta.

La prensa quiso hacerme decir que entre ella y yo hubo una relación, pero no fue así. Y como yo no lo dije, los periodistas lo dijeron.

La realidad es que no hubo romance. Sólo compartimos algunas noches de baile durante el rodaje, que se llevó a cabo en Almería, una ciudad andaluza al sur de España, acostumbrada a albergar producciones de Hollywood. Raquel estaba casada en ese momento con Patrick Curtis, el segundo de sus cuatro esposos. Él iba y venía, así que algunas noches ella estaba sola y yo le hacía compañía.

Cuando llegó el momento de filmar la escena caliente, el director me pidió que actuara como un animal desesperado y le arrancara la ropa, pero no acepté. Me pareció que iba a ser una provocación racial innecesaria.

Yo tenía la última palabra. La película se hacía por mí, porque los productores sólo consiguieron financiación cuando yo firmé el contrato. Así que desobedecí al director, y traté a Raquel con suavidad.

Cuando caímos en la cama, ella mostró la clase de mujer que era. No permaneció tirada, inmóvil y sumisa, sino todo lo contrario. Fue salvaje, desafiante. Comenzó a besarme con intensidad, y pronto la escena se volvió una contienda por ver quién de los dos era el más apasionado.

En un momento tuvimos que cortar, porque ella dio un salto.

"¿Qué pasa?", le pregunté.

"Por favor", me dijo con tono dulce, "no metas tu lengua en mi oreja. Es una zona muy sensible".

Siempre me preguntan hasta dónde llegan las escenas de amor en una película. Voy a ser sincero: algunas llegan hasta el final. Pero son casos excepcionales. Por lo general está todo muy orquestado, y más excitante es ver por TV un buen acarreo de touchdown.

Me habría gustado ir hasta el final con Jacqueline Bisset, cuando filmamos "The Grasshopper". El libreto marcaba escenas de sexo entre ella y yo, y la afinidad física entre ambos fue obvia desde el primer momento. Pero ella puso un freno. Me dijo: "Jim, tú sabes que me siento atraída hacia ti, pero tengo un hombre al que amo".

Jackie nunca estuvo casada, pero fue fiel en sus largas relaciones con Michael Sarrazin y con Alexander Godunov.

La fidelidad no es lo mío. No soy un hombre de una sola mujer, pero respeté a Jackie, y su firme postura me hizo admirarla aún más.

Más tarde, en 1972, hice una película titulada "Black Gunn". Convencí al productor de contratar a Brenda Sykes, para que tomara el papel de mi amante.

Brenda era de piel morena, caderas pequeñas, luminosos ojos marrones. Durante cinco años había tratado de conquistarla, y durante cinco años ella me había ignorado.

Gracias a Hollywood pude hacerla mía.

Ella aceptó el papel, y yo le pedí al director que nos ordenara a ambos estar desnudos en la escena de amor. Cuando llegó el momento de rodar esa escena, sentí que finalmente se descomprimían cinco años de persecución.

Mientras le quitaba la ropa, trataba de mostrarle que yo estaba ahí para protegerla, que no había razón para sentir nervios. Nos deslizamos hacia la cama, y bajo las sábanas hicimos nuestra escena.

Salí contento de allí. Había consumado mi conquista.

PD: ¡Felicidades a Fluxyjr1, que cumple hoy; a Claudia, hermana de un gran Wilson, que cumple el sábado, y a Nacho, el desconocido, que cumple el domingo!