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Cien historias rumbo a Qatar 2022: La diversidad, gran fortaleza de la Francia poderosa de estos tiempos

Didier Deschamps, campeón mundial como jugador y entrenador del multicultural seleccionado francés Getty Images

Deschamps da la lista de convocados. Los aviones despegan y traen a futbolistas que arriban desde distintas partes del mundo para ponerse la camiseta de la Selección de Francia. Para la mayoría de los jugadores internacionales que se preparan para la Copa del Mundo de Qatar 2022 defender el combinado nacional puede ser un orgullo deportivo y al mismo tiempo un breve retorno a sus raíces. ¿Esto es así también para los franceses? No necesariamente.

Paul Pogba y Antoine Griezmann llegan con el mate en la mano y el termo debajo el brazo, adoptando una tradición rioplatense con con fuerte arraigo en el fútbol europeo. Con esa facilidad y esa apertura mental respecto a otras culturas se criaron los actuales campeones mundiales. Por eso, cuando levanten la vista e interactúen con sus compañeros, se encontrarán con hombres que probablemente no hablen su mismo francés. La diversidad es una de las armas silenciosas del conjunto galo.

Ellos, líderes de una especie de "apropiación cultural" amigable, no son el único caso. Están también en el equipo los franceses nacionalizados, los descendientes africanos, y europeos que son ciudadanos de la Francia inmigrante. En el bolso, los futbolistas no solo llevan sus botines, sino que también cargan con sus historias de vida: la mitad del plantel francés es conformada por jugadores de orígenes migrantes que han tomado la decisión defender a Les Bleus. Ocurrió en Francia 1998, cuando el país levantó su primera Copa del Mundo, y se repitió en Rusia 2018, el día que alzó la segunda.

Desde 1931, cuando Raoul Diagne se convirtió en el primer negro en vestir la camiseta de los galos, el seleccionado siguió los compases de la composición social en el país, abrazando la particularidad social francesa y su alto porcentaje de habitantes extranjeros (más del 12% en 2019).

Los cambios vertiginosos que sufrió esa población impactaron en el fútbol. Francia deambuló mucho tiempo sin pena ni gloria. Cuando esas minorías se incorporaron plenamente a la vida social, hubo que hacer un gran trabajo de captación de todo el talento ciudadano francés. Y la diversidad triunfó.

Hasta 1984 no había ganado ningún título y apenas había sido semifinalista en algunos Mundiales (1958 y 1982). La mochila era pesada por ser un país con tradición futbolística que jamás había acariciado la gloria. En 1986, con Platini como emblema, estuvieron cerca: volvieron a semis y fueron eliminados por Alemania Federal. La esperanza creció, pero la caída posterior fue estrepitosa: en 1990 y 1994 miraron las Copas del Mundo por televisión.

Los fracasos sucesivos obligaron a la planificación: se creó el centro de entrenamiento de Clairefontaine siguiendo lo realizado por otros países y la fábrica empezó a echar humo. Los futbolistas de élite comenzaron a ser producidos en serie y nutrieron al seleccionado, que vio sus frutos cosechados recién en 1998.

De aquel plantel del 86 que tenía una una amplia mayoría de integrantes de ascendencia cien por ciento francesa (salvo casos como los del delantero franco-español Luis Fernández y el maliense Jean Tigana), se pasó a una Francia multicultural.

Dentro del plantel elegido para el Mundial 98 en casa estuvieron los hijos de la inmigración, discriminados por un sector de la sociedad gala que de todos modos gritó sus goles. Nombres de la talla de Patrick Vieira, Marcel Desailly, el propio Zinedine Zidane, Robert Pirès, Bernard Diomède, Lilian Thuram, Christian Karembeu y David Trezeguet fueron campeones con raíces no francesas, algunos incluso nacidos directamente en otra región, como Vieira (Senegal), Desailly (Ghana) y Thuram (Guadalupe).

La historia se repitió en el segundo título, logrado hace cuatro años en Rusia. Cinco futbolistas titulares y decisivos en la campaña tienen orígenes africanos: Samuel Umtiti, Paul Pogba, N´golo Kanté, Blaise Matuidi y Kylian Mbappé. En el plantel actual que irá por el bicampeonato a Qatar, solo Hugo Lloris, Lucas y Theo Hernández, Lucas Digne, Benjamin Pavard, Jonathan Clauss, Adrien Rabiot y Antoine Griezmann son hijos de franceses. Y la línea de sucesión en varios de ellos se rompe en sus abuelos, que sí nacieron fuera de territorio francés.

En el plano futbolístico, la diversidad también es la norma. Es difícil pensar o definir con certeza un prototipo de jugador francés, como sí podemos hacer con un brasileño o un italiano. La razón es sencilla: no se lo puede definir porque no hay un solo tipo de jugador francés. Hay defensores fuertes y aguerridos, pero los hay con buen pie y elegancia. Hay volantes que parecen delanteros por sus virtudes ofensivas y hay otros con clase y organización que le dan un balance perfecto al equipo. Arriba, destacan los jugadores cerebrales como Zidane en su época o Griezmann y Benzema en la actualidad, pero si de potencia y velocidad hablamos nadie supera a Mbappé.

Esto se traduce en un director técnico pragmático como Deschamps, ocupado en desarrollar al máximo el talento futbolístico de sus dirigidos sin abrazar ninguna idea como un dogma. Así como no hay prototipo del futbolista francés, tampoco hay un estilo de juego que haya construido la identidad francesa.

El fútbol no puede abstraerse de la cultura y los cambios sociales que vive un país. La particularidad francesa dejó huella en el fútbol, el deporte más popular por excelencia. En un territorio tan atípico como Francia, un país europeo cosmopolita que posee territorios de ultramar en varios continentes, eso se tradujo en la aparición de talentos y futbolistas diversos, construyendo una identidad futbolística sin fronteras. Así como en su momento la sociedad francesa abrazó la inmigración y aceptó la diversidad, el fútbol acompañó. Ese fue el puntapié para el ingreso de Les Bleus a la élite del deporte, un lugar que se ganaron y defenderán en Qatar.