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El legado de Diego Maradona: cómo gambetear el hecho de ser "un ejemplo"

Maradona, ídolo de Nápoles y del mundo Getty Images

Diego Armando Maradona falleció, pero su recuerdo y sus enseñanzas van a quedar por siempre. Como todo ídolo, siempre estuvo en el centro de la escena. Y cuando todas las miradas apuntan hacia algo o alguien, automáticamente se convierte en ejemplo a seguir para muchos.

Pero él nunca quiso ser un ejemplo afuera de la cancha. Adentro le fue imposible no serlo. Porque cada vez que tocaba una pelota era una clase: de cómo dársela redonda a un compañero, de cómo hacer un cambio de frente, un pase entre líneas, un tiro libre, una gambeta corta, de tres dedos y hasta de cómo cabecear, pese a que su altura no lo ayudaba.

Y esa gambeta que dejaba rivales desparramados la usó también para esquivar la obligación de sentirse un ejemplo de vida. Sus adicciones, como él mismo cuenta en su libro, llegaron al poco tiempo de pisar Europa. Y nunca habló a favor de esa situación, sino todo lo contrario: fue algo que lo perjudicó en su rendimiento deportivo. Eso decía, aunque poco se notó dentro de la cancha.

Fue cuestionado por hablar en contra de la droga, de hacer publicidades en contra del uso, y se lo acusó de hipócrita por no actuar con el ejemplo en ese sentido. Como si un adicto pudiera dejar su adicción de manera tan sencilla. Él tuvo dos adicciones más fuertes: la pelota y el cariño de la gente.

Maradona nunca quiso actuar de ejemplo, pero me/nos enseñó que los héroes no son perfectos. Porque no volaba, no tenía capa y se equivocaba mucho más de lo que cualquiera podía pretender de un ídolo. Siempre fue él y eso también es una enseñanza. Porque dentro de su mundo de contradicciones, fue leal a lo que se le pasaba por la cabeza.

Me enseñó que no hay buenos y malos; hay grises. Depende el lugar, depende el contexto. Hizo un gol con la mano, pero después desparramó rivales y años después, Valdano lo describió a la perfección moviendo su mano y dejando en el camino a cada uno de los ingleses. Porque los más chicos, que no lo vieron jugar, lo idolatran y eso ya explica que su legado trasciende su presencia física.

Maradona me enseñó muchas cosas. Me enseñó que los sueños se pueden cumplir. Desde el día en que dijo que su sueño era vestir la camiseta de Argentina y ganar un Mundial. Lo tenía claro desde chico y tener un objetivo fue el primer paso. También me enseñó que mejor que hablar es hacer. El día que Gatti lo cuestionó y al fin de semana siguiente le metió cuatro goles a Boca con la camiseta de Argentinos Juniors. Me enseñó que el talento no es suficiente. Porque a pesar de ser el mejor, nunca ahorró una gota de esfuerzo para entrenarse, para sacrificarse por lo que más amaba. Me enseñó que nadie se salva solo.

Porque cualquiera que alguna vez jugó al fútbol sabe lo fundamental que es el grupo. Y Diego tenía dos virtudes: ser el mejor y nunca ubicarse por encima de sus compañeros. Me enseñó que no hay que conformarse. Porque tuvo todo lo que quería a nivel material, pero jamás se olvidó de dónde vino y marcó las injusticias que lo rodeaban. También me enseñó a estar bien acompañado, porque para él siempre fue un problema y es algo que se cuestionó hasta el último de sus días.

Me enseñó que los límites son necesarios. Porque cada vez que alguien no se animó a decirle que "no", le estaba haciendo un daño. Maradona me enseñó que el amor por la camiseta no es algo que sólo se dice. Sobre todo con la argentina. El Diego me enseñó que no existe la perfección y que tampoco hay porqué exigírsela a los ídolos. Porque también me enseñó que la felicidad está en las cosas simples. Como una gambeta, como un gol... Incluso cuando nos dejó, se fue con una enseñanza.

Porque desmitificó una vieja frase, de otra época. "Los hombres no lloran", y sin embargo no vi a ninguno que pudiera contener las lágrimas cuando recibimos la noticia que menos queríamos recibir. Gracias Diego. Gracias por tantas enseñanzas.

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