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Costumbres argentinas: las cábalas para ganar la Copa del Mundo

Cábala

1. f. Conjetura, suposición. Hicieron todo tipo de cábalas sobre el posible culpable.

2. f. Cálculo supersticioso para adivinar algo. Pasó la tarde haciendo cábalas sobre lo que le depararía el futuro.

3. f. coloq. Intriga, maquinación. Se valió de toda clase de cábalas para lograr su objetivo.


Las definiciones que ofrece el diccionario de la palabra cábala no se ajustan a la práctica de rituales que tenemos los argentinos para intentar colaborar, si es que eso fuera posible, con un éxito deportivo. El Mundial de Qatar nos mostró, una vez más, cómo sentimos el fútbol. La pasión popular y el deseo nos llevan a prácticas extremadamente ridículas. Y no nos importa nada el qué dirán.

Dejemos a un lado cierto grado de racionalidad: ¿a quién se le ocurre ser racional si después de todo lo que hicimos somos campeones del mundo?

Estoy convencido de que la responsabilidad de la derrota inicial contra Arabia Saudita es más nuestra que de los jugadores y el cuerpo técnico. Le restamos importancia al rival y nos distrajimos de nuestro deber. El horario del estreno mundialista no ayudó. Helena, mi hija más chica, quería ver el segundo tiempo en la escuela con sus compañeros y compañeras. ¿Cómo decirle que no? Estábamos ganando 1-0 al entretiempo y no había que tocar nada. Pero creímos que era un rival accesible. No lo pensó Lionel Scaloni, fuimos nosotros. Ana accedió al pedido de Hele y la acompañó. Cuando volvió, ya perdíamos 2-1. ¿Que no tuvo nada que ver eso? Por supuesto que tuvo que ver. Y pasó en miles de hogares del país.

A Valentina, mi hija mayor, no le interesa el fútbol. Es más, no vio el primer partido ya que había salido la noche anterior. El 0-0 del primer tiempo contra México encendió las alarmas. Tenía que hacer algo para cambiar el rumbo. Me corté el pelo y me afeité. Y me cambié la remera. Ya no sé cuál tenía puesta, pero fui a buscar una muy especial que nunca había usado: la número 4 del seleccionado de básquetbol que me había regalado y dedicado Luis Scola en 2011. El capitán me tenía que ayudar. Nos tenía que ayudar. Le pedimos a Valen que viniera a ver el partido. O, al menos, que estuviera ahí. Su energía positiva iba a ser tan importante como lo había sido en la final de la Copa América 2021. Vino, ganamos, se entusiasmó y se le encendió la llama mundialista.

Después de ese triunfo que nos daba algo de tranquilidad, me llegó un mensaje de mi tío Carlos en el que me preguntaba cuándo jugábamos si ganábamos el grupo o si éramos segundos, siempre teniendo en claro que había que intentar evitar a Francia. La pregunta por la fecha y hora del siguiente partido se repetiría por el resto del Mundial, siempre antes de saber si pasaríamos a la siguiente instancia. Arriesgado, pero valiente.

Para el duelo ante Polonia ya estaba todo claro. Ana, Valentina, Helena y yo juntos para mirar el partido. Se mantuvo el canal durante toda la Copa. Mismas ubicaciones. Respeto por la indumentaria y todo tranquilo, clasificación a octavos en el bolsillo.

¿Cuándo empezamos a cerrar las manos cuando atacaba el rival y a abrirlas cuando Argentina tenía la pelota? ¿Frente a Australia o contra Países Bajos? Cuando haya sido, se mantuvo hasta la final.

¿Alguien me va a negar que en la atajada de Dibu Martínez en el cierre del juego ante los australianos no nos sentimos un poco partícipes con nuestros rituales?

El suplementario, o la prórroga como le gusta decir a Scaloni, de cuartos de final se presentó como una novedad. No estaba en los planes. Si los nombres de los jugadores neerlandeses y del mismísimo Louis van Gaal habían sido depositados en el freezer la noche anterior. ¿Cómo era posible que nos empataran? Ya sé: Wout Weghorst no había sido incluido en la brujería. Y algo peor: Carlos se había olvidado de mandarme el mensaje antes del partido y lo hizo cuando ganábamos 2-0. Podría haber sido imperdonable. Ana y Valentina se fueron al patio. Los nervios eran más que los soportables. En la definición en la que Dibu se puso el mismo traje de héroe que en la Copa América, esta vez sin comerse a nadie, ellas se guiaron por los gritos de los vecinos. Y los míos.

El transcurrir de la semifinal ante Croacia fue tan cómodo que hasta hubo cierto relajo. Los futbolistas hicieron tan bien su trabajo que nuestro aporte quedó en un plano secundario.

¡Qué increíble la final! La camiseta de Scola desde el minuto cero. Las manos abriéndose y cerrándose durante los más de 120 minutos. Y en los penales, claro está. Helena llorando con el 2-2 transitorio. El 3-3 no le dio tiempo porque ya llegaban los lanzamientos desde los doce pasos. ¿Hace falta aclarar que otra vez Ana y Valen no los miraron? Las plantas, agradecidas porque fueron regadas en cada definición. "¡Somos campeones del mundo!", les grité por la ventana tras el alarido después de la ejecución de Gonzalo Montiel. No sabía si estaban llevando la cuenta de los festejos por los goles, la atajada de Martínez a Kingsley Coman, el fallo de Aurélien Tchouaméni y los insultos por los dos que metieron los franceses.

Cuando salimos a festejar, le mandé un mensaje a un amigo de toda la vida. Lo conozco mucho y sé que es cabulero al extremo. Le pregunté por las costumbres que había tenido durante el Mundial. Me confirmó mi teoría del debut, ya que había intentando desentenderse de todo eso. Es más, no había respetado ni el televisor ni la ubicación de la casa del triunfo en el Maracaná contra Brasil. Imposible. Desde el partido con México se subió a una delirante montaña rusa de cábalas. Tenía faringitis, con lo que decidió no comer y tomar solo agua. Pero en el entretiempo recordó que durante la Copa América se tomaba una cerveza, así que la puso en la mesa, cerrada y aunque se sentía tan mal que ni quería olerla la ubicó en su lugar. A partir de ese partido bisagra, repitió la vestimenta para él (remera vieja verde, misma ropa interior) y para sus hijos menores (la camiseta de la Selección).

Hasta ahí, lo que hicimos todos. Pero había más. El día anterior le había prestado el aparato para fumigar a un vecino. Entonces, desde ahí hasta la final, buscó a un vecino por partido para que fumigara su departamento. Y como le había pagado a su hija mayor una clase particular para que preparara sus exámenes de diciembre, pues que tomara clases antes de cada encuentro. Las necesitaba, pero conociéndolo, le hubiera sugerido que las tomara de cualquier modo. El profesor de matemáticas le dijo que no era urgente que le pagara apenas finalizaba la lección. Pero como en las anteriores había transferido inmediatamente, siguió con el mismo modus operandi. Y sumó también a su pareja a los rituales. Como ella puso a funcionar la licuadora para preparar una limonada justo cuando sonaban los himnos en la previa del duelo contra Polonia, pues así lo hizo en los partidos siguientes.

Ya estaba todo encarrilado. Sin embargo, surgió algo inesperado. La noche anterior a la final estaban invitados a un casamiento: ¿ir o no ir? Hubo una señal. Se acordó de que antes del Argentina-México de 2010 había ido a uno. A la fiesta, entonces. Su suegra se quedó a cuidar a los chicos. Nunca se había quedado a dormir, pero como esta vez volvían muy tarde no tuvo otra opción. El domingo, ella se levantó cerca de las 10:30. Se preparó unos mates y le habló del partido. Él necesitaba que ella se fuera, pero no se lo iba a decir. 11:30 se fue por decisión propia a mirarlo a su casa. Después de todo este relato me reconoció que tal vez haya exagerado un poco con todo esto. Pero que la felicidad por la conquista superaba todo.

Lo que hice con mi familia, lo que detalló mi amigo y lo que practicó cada uno de ustedes valió la pena. Anotemos todo. Grabémoslo en un audio. Revisemos bien la ubicación de cada elemento del lugar donde miramos los partidos. Porque en 2026 tenemos que volver a cumplir con todos nuestros rituales. ¿O a alguien se le ocurre que no?