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El básquetbol según el Che García

Los jugadores de República Dominicana saltan y se abrazan en el centro de un estadio de China. El reloj, aliado incondicional en este deporte, sonríe desde las nubes. Los talentos alemanes se observan entre sí, incrédulos, mientras una brisa caribeña arruina algún que otro sueño pactado.

Y ahí está de nuevo, en el corazón de la batalla, el Che García. Saltando entre lágrimas, como cuando recorrió con los puños al viento el parquet del Palacio de Deportes de México para ser campeón con Venezuela en el Preolímpico 2015. El entrenador revolucionario ratifica, una vez más, ser uno de los que saben mucho y se venden poco. Un Robin Hood deportivo histriónico, gesticulador al extremo, capaz de quitarle a los poderosos para darle a los débiles.

No está Karl-Anthony Towns, ni Al Horford, ni Ángel Delgado. Pero eso no importa. Se juega con lo que se tiene y se vive con lo que se puede. El Che, otro producto genuino de Bahía Blanca, la capital del básquetbol en Argentina, ha dedicado su vida a emprender proyectos riesgosos pero gratificantes. ¿De qué sirve decir que uno pone las manos en el fuego por algo si es imposible quemarse? Esa parecería ser la carta de presentación de un entrenador único que ha pasado toda su carrera pidiendo hojas en blanco para escribir nuevas historias.

No importa el idioma, las costumbres, ni la cultura del lugar. Los equipos son siempre los mismos y necesitan las mismas cosas para dejar de ser semilla y comenzar a germinar. La dedicación y el esfuerzo se mezclan con el conocimiento y motivación, dos amantes en la noche que entrecruzan sus miradas para transformarse en uno solo, desde hoy y para siempre. El Checho, luego bautizado 'Che', fue criado entre libros, folletos y VHS en las tribunas de Olimpo de Bahía Blanca, donde su padre era cantinero del club. Y tuvo en Julio Toro, legendario entrenador puertorriqueño, a su padre deportivo por excelencia, relación que comenzó con la visita del coach al club aurinegro en los años '80.

"Nací un 11 de enero en 1965, en Bahía Blanca. Es tierra de basquetbol, allá donde salen jugadores como arroz picado. Mi papá hizo de todo y acabó pasando del ferrocarril a llevar una cafetería. Mi mamá fue conserje y también cosía, como ayudante de modista. Eran muy humildes y, siempre, muy trabajadores", escribe el Che en una serie de cartas dirigida a Toro que publica Daniel Barranquero en ACB.com. "¿Realmente crees que puedo hacerlo bien allá? ¿No soy demasiado joven para ser tu asistente en Puerto Rico? Estoy dispuesto a dejarlo todo", agrega García, con solo 23 años.

La revolución es un sueño eterno. Como aquella final perdida ante GEPU siendo entrenador de Estudiantes de Bahía con solo 27 años, en su primera experiencia como entrenador. Como su última, el triunfo de esta tarde, en Shenzhen, ante Alemania, con Víctor Liz, Eloy Vargas y Gelvis Solano, tres jugadores con presente y pasado en la Liga Nacional de Argentina, conformando el trío de cartas que coronan otra mano de truco inolvidable para su carrera.

La vida, en esos pequeños instantes, pasa a la velocidad de la luz. Como en el libro de arena de Borges, no hay principio ni final. Todas las páginas son la última y todas son la primera. Estudiantes, Peñarol de Mar del Plata, Boca, Cangrejeros de Santurce, Guaiqueríes de Margarita, Libertad de Sunchales, Marinos de Anzotaegui, Uruguay, Al-Ahli jeddah de Arabia Saudita, Argentino de Junín, Trotamundos de Carabobo, Panteras de Miranda, Guaros de Lara, Biguá, Gaiteros del Zulia, Halcones de Xalapa, Minas Tenis Clube, Atenas, Venezuela, Quimsa y Montakit Fuenlabrada. Miles de jugadores que acompañaron la misión sostenida de resquebrajar el presente, edificar el futuro y reescribir el mapa del básquetbol.

"Voy para allá. Acepto. Me lanzo. Renuncio a todo por este sueño. Por aprender básquet, por convertirlo en mi vida. Y ten claro una cosa. Ya que dejo todo atrás, voy a Puerto Rico dispuesto a entregarme, sin dejarme nada dentro. ¡A morir!", completa el Che en su correspondencia.

Dice Eduardo Galeano, célebre escritor uruguayo, en el "Libro de los abrazos", que "...No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tanta pasión que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende..."

Hay silencios que se escuchan. Hay gritos que son silencio. Hay lágrimas que merecen compartirse y risas que vale la pena contemplar. La vida es para los que arriesgan, para los que luchan y para los que avanzan, sin importar lo que diga el resto. Sin excusas ni contemplaciones, porque al final del camino lo que importará es el camino, no el final.

Bienvenidos, entonces, a la historia del hombre que logró concretar imposibles.

Bienvenidos al básquetbol según el Che García.