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No hubo masacre, pero tampoco milagro en el clásico

MÉXICO (Rafael Ramos/ESPN.com) -- No hubo masacre. No hubo abuso. No hubo ejecución. No hubo supremacía. Hubo victoria, la predecible, la previsible, del América, por 2-0, pero el Guadalajara estuvo lejos de ser ese Rebaño encaminado al sacrificio soez y sanguinario.

Un espléndido lleno en el Estadio Azteca, se convirtió en el foro fastuoso de una batalla espectacular, agradable, sin tacañerías. Chivas se rebeló a su destino precipitado de cordeo al sacrificio, mientras que el América fue más víctima del nerviosismo que su adversario.

Al verdugo le tembló más el hacha en las manos, que lo tembló el pescuezo al supuesto condenado a muerte.

Sambueza termina siendo el generador de la victoria. Entrega con la mano bondadosa y generosa de su pie izquierdo el pase para el gol de Raúl Jiménez, y empieza a hilar la jugada del 2-0 que tiene la firma final de Luis Gabriel Rey.

El trámite, fue una jaqueca para las Águilas, y fue alentadora para Chivas, hasta que imprecisiones de marcación y de relevo de su aparato defensivo, entregaron la plaza ante el bordado pulcro de las arremetidas americanistas.

DESESPERACIÓN COMPARTIDA...
Había urgencia. Había prisa. Ni siquiera hubo minutos de estudio. Ni hubo un preámbulo de hurgar un equipo en el parado del otro. Pausa hubiera significado tregua y tregua hubiera significado rendición.

Y Chivas fue el primero en soltar las jaurías de sus intenciones y sus pretensiones. Heridos por el estigma de ser condenados a muerte, salieron con una formación de riesgo, pretenciosa, descarada, con un solo contención nominal y cinco jugadores de quehacer ofensivo.

De entrada le perdonan una roja a Aquivaldo Mosquera por falta sobre Márquez Lugo, y la angustia la genera la formación ¿suicida? que ordena Miguel Herrera al enviar a sus jugadores detrás de su propia barrera, permitiendo que los de Chivas se coloquen como rematadores en el área.

América respondería, pero sin la vehemencia esperada. No despertaba como ese azote que habías anunciado el Piojo y sus jugadores, ni tampoco embestía masivamente, como parecía sugerirlo los 20 puntos de distancia entre uno y otro equipo.

En ese primer tiempo, Sambueza se distraía en duelos personales y jaloneso, mientras el Quick Mendoza era devorado por la ansiedad, mientras que Rey, parecía esconderse más que desmarcarse, lo que dificultaba, las pretensiones de sus compañeros por llegar armados al área.

Incluso era evidente que Chivas jugaba bajo cero miramientos. Sus salidas eran con descontrolados pelotazos, sin pretender siquiera ponerle respiro a la pelota.

Lo curioso es que la salida dse Giovanni Hernández por lesión, fortalece a Chivas, pues Miguel Ponce encuentra la forma de cerrarle el pasillo cómodo que habían encontrado Aguilar y Mendoza por su sector.

Bajo ese escenario, con un Carlos Fierro que ratifica ser el mejor referente de estas Chivas inconsistentes entre la regularidad y el caos, genera por todos los sectores ofensivos, e incluso la jugada de embeleso del primero tiempo, es una estampa suya, rematando un servicio del Chapito Sánchez con una cabriola, pero la tijera termina por arriba de la portería de Muñoz.

Y era curioso, hay más precipitación en América por darle carne y hueso al dominio aritmético en el torneo, que en el mismo Guadalajara que reacciona con todos los vaticinios en contra.

Tres desvíos de Luis Michel, le ponen más alarido a la tribuna que peligro sustancial a las jugadas, y de esa manera el 0-0 sobrevive ante un Estadio Azteca abarrotado, heredando suspenso y misterio para la segunda parte.

COTIZACIÓN DEL DRAMA
América no encontró remedio a su desconcierto en el vestidor. En el regreso mantenía decisiones equivocadas en el último tercio de la cancha.

Y Chivas, con la apuesta a los rompimientos, empezó a meter la angustia en el área americanista, con precipitaciones en el remate, desenlace obvio en la presión y la tensión del momento.

Pero, la ironía juega con sadismo. Y cuando el Guadalajara se esperanzaba en llevar tantas veces el cántaro al pozo americanista esperando que se rompiera, son las Águilas las que llevan el festejo al Nido.

Minuto 69. Por derecha penetra Sambueza, Marco Fabián, apático como todo el juego, claudica y no hace la cobertura, Néstor Vidrio se entrega y entrega la plaza.

El resto es una figura del método americanista: servicio de Sambueza a la llegada de Raúl Jiménez cuyo cabezazo estremece el marcador y los cimientos vetustos, históricos, gloriosos, mundialistas de un abarrotado del Estadio Azteca. 1-0.

Y el 1-0 era el séptimo gol de Jiménez, era la clasificación garantizada a la Liguilla, era la liberación de esa presión, esa urgencia, esa desesperación contenido, y por eso el bufido no era sólo de la tribuna, sino también de la banca y de la cancha.
Chivas trata de reaccionar. Trata de levantarse del féretro antes que dejen caer la tapa y la trampa.

Pero el ejercicio del contragolpes es la obra de arte de las Águilas. Y tres minutos después, sólo tres, apenas tres y le ponen cerradura al sepulcro.

Sambueza, nuevamente. Arrastra y filtra. El cómplice es Jiménez, quien recibe, perfila y en el cara a cara con Luis Michel, renuncia a la gloria y se la entrega envuelta para regalo a Rey, quien fusila sin problemas a los vestigios de la trinchera rojiblanca.

2-0. Y a Chivas se le vienen encima todas sus desgracias. Todos sus errores. Todas sus memorias. Todas sus calamidades.
Y aún así, quieren rescatar las cenizas de este torneo, no para edificar futuro, sino para borrarle los colores brillantes del fracaso a su temporada.

Sus dos mejores opciones mueren en manos de Moisés Muñoz, cuando ya al Guadalajara no le importaba recibir un tercero, a condición de ponerle un brochazo de dignidad al marcador, además de un balazo al travesaño por parte de Cisneros.

No ocurriría, el 2-0 sería el epitafio de Chivas y la ganzúa que abría al América la esperanza de nuevos registros en la temporada, tratando de alcanzar una cifra record de unidades.