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Los cuentos no contados de Cal Ripken Jr., el Hombre de Hierro que salvó el béisbol

AP Photo/Denis Paquin

Mientras el conflicto laboral que había paralizado al béisbol de Grandes Ligas persistía hasta la primavera de 1995, se abrieron los campamentos de entrenamiento, en medio de un plan poco preciso para utilizar peloteros de reemplazo. Un pequeño grupo de aficionados de los Baltimore Orioles se congregaron cerca de la entrada del estacionamiento del complejo de su equipo, vestidos con camisetas y gorras color naranja. Sostenían pelotas, bates y carpetas llenas de barajitas de béisbol.

Mientras pasaba por el lugar, les pregunté "¿A quién esperan?". Me aprestaba a iniciar el primero de mis dos años cubriendo a los Orioles para el diario The Baltimore Sun.

"A Cal", me respondió uno de ellos.

Me detuve para hacer lo que creía sería un acto de servicio público para este clan de apasionados de la pelota, reunidos bajo el caluroso sol de la Florida. Cal Ripken Jr. no vendrá hoy, les dije. Los peloteros siguen en huelga y no aún no se divisa una solución en el horizonte. Probablemente, Cal permanece en el estado de Maryland.

Respondieron con sonrisas corteses, pero nunca se fueron del lugar y allí seguían cuando volví a pasar tras la conclusión de la jornada. Seguían sosteniendo sus suvenires, aún sin autografiar. Esa firme devoción por el campocorto de los Orioles creció de forma exponencial después de la conclusión del conflicto laboral, los peloteros volvieron a sus puestos de trabajo y se mantenía la racha de partidos consecutivos jugados por Cal. Tal como lo atestiguarían Tom Glavine y David Cone, líderes sindicales de la época, ese fue, en líneas generales, un año difícil para la mayoría de los peloteros, a medida que los frustrados fanáticos desahogaban su ira, producto de la interrupción de la acción del béisbol y la no celebración de la postemporada y la Serie Mundial en 1994.

No obstante, para Cal todo era amor y respeto. La tesis que afirma que la lucha por el récord de jonrones sostenida entre Mark McGwire y Sammy Sosa en 1998 salvó al béisbol es un relato popular que jamás he llegado a creer, tras haber presenciado tres años antes la respuesta de los aficionados a la presencia de Ripken en los estadios de todo el país.

La marcha emprendida por Cal para superar el récord de Lou Gehrig, que tuvo su punto culminante durante los partidos 2.130 y 2.131 de su gesta, escenificados el 5 y 6 de septiembre de 1995, fue exactamente lo que necesitaba el béisbol tras su regreso; y Ripken fue exactamente la persona apropiada para proveerlo, porque su cadena de juegos consecutivos fue producto de una ética de trabajo que los aficionados ansiaban ver. Ripken, con toda razón, se refería a la reacción de los fanáticos a su hazaña como una celebración del béisbol, que ocurría día tras día, cuando Cal saltaba al terreno, ante la presencia de todos.

A continuación, rememoramos otros aspectos de ese verano de los 2.131 juegos que no siempre quedaban a la vista de los aficionados:

1. Sus sesiones de autógrafos fueron legendarias.

Quizás han escuchado las historias que cuentan que Cal se convirtió en una máquina humana de obsequiar autógrafos durante ese año, y se habrán hecho con la idea de que esos relatos eran exagerados, o apócrifos, o que fueron producto de esos mitos que se forman gracias a la niebla que genera el pasar del tiempo.

Pues bien, todas esas historias son ciertas.

Al igual que la mayoría de los peloteros, Cal se detenía para obsequiar autógrafos a los aficionados que se congregaban cerca de las líneas de foul a dos horas antes de iniciar el partido, cerca de la práctica de bateo y de vez en cuando, yo veía cuando este se detenía para firmar autógrafos a los seguidores que le esperaban cerca de la rampa ubicada al lado de su puesto de estacionamiento dentro del Camden Yards.

No obstante, a mediados de la temporada de 1995, Ripken comenzó a hacer algunas sesiones de autógrafos post partido, a altas horas de la noche, tanto en su estadio local como en las giras. Después de los encuentros, éste se dirigía al clubhouse para comer rápidamente y luego se sentaba al lado del dugout de los Orioles (aún puedo verlo en mi mente con una toalla que le cubría el hombro), mientras una fila serpenteaba el estadio, extendiéndose hasta la esquina del jardín izquierdo. Y Ripken complacía a todos quienes se tomaban el tiempo para esperar, estampando su rúbrica sobre pelotas, programas, bates, boletos, pedazos de papel.

"Realmente, todo comenzó debido a un simple exceso de energía que se sentía después del partido", dijo John Maroon, quien era jefe del departamento de relaciones con los medios de los Orioles. "Él estaba bastante agotado después del juego y recibió muchas peticiones de autógrafos por parte de los aficionados; por eso, fue algo que comenzó de forma bastante genérica y luego se convirtió en todo un evento. La gente empezó a clamar por él y a pedirlo".

No recuerdo haber cronometrado esas sesiones, pero solían durar más de una hora, con facilidad. Yo regresaba al palco de prensa luego de mi visita al clubhouse, actualizaba mis artículos y mientras yo guardaba mis cosas, Ripken seguía firmando autógrafos.

Sin embargo, el apogeo de su labor firmando autógrafos durante ese verano se produjo en medio de las festividades del Juego de Estrellas, ante una letal ola de calor. Arlington, en el estado de Texas, fue la sede del evento de ese año y el calor llegó a superar los 100 grados Fahrenheit, al punto que muchos peloteros (comprensiblemente) se refugiaron dentro del clubhouse con aire acondicionado después de completar su ronda de práctica de bateo. Mientras tanto, Cal seguía al aire libre, firmando... y firmando... y firmando autógrafos... caminando cerca de las líneas de foul.

El gran periodista Gerry Fraley, recientemente fallecido, cubría en ese entonces a los Texas Rangers para el diario Dallas Morning News. Ningún reportero tenía un sentido del humor más ácido que él. Era un ser difícil de impresionar. Pero incluso Gerry me detuvo para comentar el esfuerzo que hacía Cal para conectar con los aficionados.

2. Sus compañeros creían que Ripken contaba con un poder especial para recuperarse físicamente.

Puedo recordar cómo Roger Clemens golpeó a Brady Anderson con un pelotazo sobre su espalda, producto de una veloz recta. Al día siguiente, la mayor parte de la espalda de Brady estaba cubierta con un inmenso hematoma. Los peloteros se lesionan, sangran, sufren contusiones.

Pero las lesiones de Cal simplemente parecían desaparecer. Ben McDonald, exlanzador de los Orioles, ocupaba el vestidor al lado de Ripken y en una entrevista reciente, recordó haber visto a Cal recibir un pelotazo. Cuando Ben le pidió a Cal que le mostrara el daño sufrido, no había nada. Muchos de sus compañeros cuentan historias similares, ocurridas durante los más de 15 años en los cuales Ripken jugó pelota sin fallar un solo partido.

3. Los pitchers de los equipos rivales parecían sentir terror ante la posibilidad de lesionar a Cal.

El récord de partidos consecutivos jugados por Cal fue extraño, porque sin importar cuán efectivamente llegara a jugar Ripken, sabíamos con mucha anticipación la fecha exacta en la cual éste superaría el hito de Gehrig... asumiendo que Cal se mantuviera sano. Un pitcheo errático tenía el potencial de cambiarlo todo, como es obvio. Recuerdo que hubo cierta angustia cuando, a principios de esa campaña, Cal fue golpeado en par de ocasiones: la primera, durante el cuarto partido de la temporada y luego, dos semanas después. Esto no era inusual: en el transcurso de su carrera, Ripken recibía entre cuatro y siete pelotazos por año.

Mike Flanagan, quien fungió como coach de los Orioles ese año, fue el primero en darse cuenta de cómo los pitchers rivales parecían sentir aversión a la idea de pitchearle adentro a Cal.

De hecho, Ripken no recibió pelotazo alguno durante los últimos 130 partidos disputados por Baltimore. Todos los que hacían vida dentro del mundo del béisbol querían verle romper ese récord.

4. El partido en el cual Ripken impuso su marca fue un evento tan célebre que hasta el presidente Bill Clinton se apersonó en el estadio.

Clinton se encontraba dentro de la cabina de transmisiones de ESPN, que televisó ese juego en directo, cuando Cal conectó su jonrón (obviamente, Ripken sonó sendos cuadrangulares en los juegos 2.130 y 2.131) y hasta superó la emoción de Chris Berman frente al micrófono, lo que no es un hecho menor.

5. Cal entró en un profundo slump luego de superar el hito de Gehrig, lo que no sorprendió a nadie, considerando el enorme gasto energético previo al gran día y todo lo sucedido entre los juegos 2.130 y 2.131. En los 13 encuentros siguientes, Cal bateó de 44-3, sin ligar extrabases.

En una tarde sabatina en el Tiger Stadium, el 20 de septiembre de ese año, Ripken se fue en blanco en tres oportunidades al plato. El palco de prensa se ubicaba a una altura considerable detrás del plato en ese antiguo estadio. Mientras comencé a escribir mi reseña después de ese partido en particular, miré hacia el terreno... y vi a alguien dirigirse hacia el plato, cargando una cubeta llena de pelotas y un tee de bateo, con un madero bajo el brazo.

Era Cal, quien se aprestaba a trabajar, a solas.

Comenzó a conectar pelotas hacia los jardines vacíos antes de aceptar su penitencia. Empezó a recoger esas pelotas (con la ayuda de uno o dos compañeros que salieron del camerino para acompañarle) para repetir su rutina.

Ripken era el pelotero más poderoso de todo el béisbol, su figura con mayor credibilidad, dueño del récord más celebrado de ese año y, dentro de un estadio vacío, después de un partido sin implicación alguna, jugando para un equipo fuera de la pelea por clasificar a la postemporada, buscaba acabar con su mala racha.

Y al día siguiente, conectó tres imparables.